• Francisco J. Soriano

EL COACH EN SANDA


En la formación del profesorado omitimos, a veces, incluir en detalle los aspectos relativos a su posible intervención en términos deportivos. Nos referimos a cómo se debe planificar un encuentro deportivo determinado, cómo abordar la preparación física, técnica y psicológica concreta para el evento, cómo afrontar las funciones arbitrales derivadas de la participación en el evento o, entre otros muchos aspectos, como definir las funciones de asistente (coach) de un competidor en el ámbito del combate. Es preciso conocer el sistema operativo del luchador y su relación con el asistente en los asaltos, tanto en Sanda, como en Qingda, combate tradicional, Duan Bing, Tui Shou o cualquier modalidad de confrontación deportiva a la que nos refiramos.


Dirigir un combate desde fuera no es sencillo, es muy complejo. Son precisas una serie de destrezas que, como ocurre en todo lo relacionado con la práctica marcial, deben ser entrenadas y desarrolladas con un método efectivo. Un método que garantice su utilidad, su funcionalidad y la comunicación efectiva entre luchador y asistente.



A veces nos encontramos con pruebas deportivas en las que los asistentes de cada luchador gritan a voces las indicaciones que deben asumir los luchadores. Supongo que muchos entienden que esta es la forma correcta de hacerlo, pero nosotros no podemos sino discrepar de esta afirmación por múltiples motivos que intentaremos exponer brevemente en esta entrada.

El luchador no puede convertirse en un robot que responde a las indicaciones del coach

El primero de ellos es la interferencia que supone para la reacción natural del luchador recibir información externa simultánea a su interpretación sensitiva y reactiva del momento de lucha en el que se encuentra. Existe numerosa evidencia científica de cómo este tipo de mensajes reducen el potencial de foco del luchador y comprometen su simultaneidad reactiva frente a acciones de ataque; también influye o puede inhibir la toma de decisiones ofensiva, que debe ser acorde al ritmo y al timing del combate. El luchador no puede convertirse en un robot que responde a las indicaciones del coach porque, como veremos más adelante, el papel de este último debería ser otro.


El segundo motivo tiene que ver, en términos tácticos, con un defecto importante para la información que se le regala al oponente y a su técnico en cuestión. No parece razonable gritar las acciones a viva voz antes de que las hagamos, comprometiendo con ello toda posibilidad táctica sorpresiva sobre el oponente por parte del luchador dirigido. Se dan situaciones en las que el contrario escucha mejor las indicaciones del asistente de su oponente que las del suyo. Un galimatías informativo que poco puede ayudar a una dinámica ágil y efectiva de combate.



Un tercer motivo, quizá menos importante, pero que influye notablemente en la percepción externa de la disciplina, es que la sobriedad y el dinamismo de un combate de artes marciales se convierte, entre gritos, en un espectáculo similar al de una pelea de gallos en el que todo el mundo grita desaforado todo aquello que le viene en gana. Es un mal ejemplo para los propios artistas marciales y también un pésimo espectáculo hacia el exterior, dando una imagen equivocada de lo que significa un arte marcial y su código habitual de conducta. El espíritu marcial no debe subyugarse al procedimiento competitivo en ningún caso.


Teniendo estas tres valoraciones sobre la mesa, cabe preguntarse cuál es entonces el papel técnico del coach de un luchador, es decir: ¿en qué consiste su función antes, durante y después del combate?


Empecemos por el antes. En primer lugar, el coach no puede ser alguien sin relación alguna con el luchador en las fases de entrenamiento. Nos encontramos con asistentes espontáneos que cubren la baja de un verdadero técnico asistente que conoce al luchador, tanto sus debilidades como sus fortalezas. Es él quién mejor que nadie puede descubrir, en el ámbito de la lucha, sus oportunidades y las amenazas reales a su estructura de combate.


Entendemos entonces que el asistente debe ser el técnico que ha formado al luchador, o uno de los compañeros de entrenamiento que ha combatido con él y que tiene un alto nivel técnico de lucha y de observación con conclusiones inteligentes. Esto último es algo que detallaremos más adelante en la entrada.

El espíritu marcial no debe subyugarse al procedimiento competitivo en ningún caso.

Este «antes» debe materializarse el día de la competición también en una ayuda a la preparación física/calentamiento, en un refuerzo de las claves estratégicas entrenadas en la escuela, en un soporte emocional frente a una situación de estrés extremo, en un apoyo psicológico para entender y proponer modelos de acción frente al oponente y en una asistencia material para el servicio necesario de colocación de protecciones, administración de complementos (cremas, vaselina, cintas adhesivas, etc.)


En el «durante» y partiendo de que el combate en Sanda, por lo general, se compone de dos asaltos con posibilidad de un tercero, el asistente estudiará las condiciones generales de la lucha, los déficits del oponente, su reiteración técnica o su disposición potencial en términos de Da, Ti, Na o Shuai. Analizará igualmente sus capacidades físicas y las habilidades combativas, sin perder de vista la respuesta de su propio luchador a todo este escenario. Del mismo modo, debe considerar si el input ofensivo/defensivo, la variabilidad técnica, el estado de guardia y la voluntad de victoria del luchador dirigido son óptimos, o necesitan reconfigurarse sobre el breve descanso de un minuto que separa los asaltos.



Existen mil matices que podríamos resaltar de ese instante, pero la necesidad de detección y de elaboración de contramedidas tácticas para el siguiente asalto, sin caer en engaños, o sin intuir las reservas técnicas que el otro luchador se guarda para los sucesivos momentos combativos, debe formar parte también del adiestramiento y del saber hacer del técnico que complementa al luchador, lo que denominábamos antes “la capacidad de extraer conclusiones inteligentes de lo observado”.


Ese momento clave entre asaltos también debe ser un momento de recuperación física, emocional y psicológica.

El coach debe mantener la calma, no implicarse emocionalmente de forma excesiva para no contaminar al luchador, mostrándole una visión profesional y técnica de la situación para que éste la reproduzca en los siguientes momentos del siguiente combate o asalto.


Observar el cansancio del deportista, mostrarle posibilidades de gestionar mejor la situación o masajear zonas doloridas o contracturadas, ayuda en gran medida a recuperar algo en tan breve espacio de tiempo. Hidratación y motivación deben conjugarse en ese momento para que la reentrada en el Leitai tenga el mayor potencial posible de efectividad.


En el «después», el coach debe realizar una función de estabilización emocional y física inmediatamente terminado el último asalto, tanto si el luchador ha ganado como si ha perdido. La responsabilidad en este momento es máxima y el asistente debe estar a la altura de las necesidades del luchador después del esfuerzo extremo que acaba de realizar.



En algunas competiciones hemos visto como el asistente abruma al luchador con información que no necesita en ese instante, le regaña en algunos casos y, en otros, simplemente lo abandona para irse a otro lugar, algo que da un mensaje muy destructivo a título personal para la otra parte del binomio.


Por todo esto, creemos que la preparación del asistente, o coach, para las competiciones es tan importante como la del propio competidor, entendiendo a ambos como un binomio que interactúa desde dentro y fuera de la lucha. Un gran ejercicio de coordinación, de colaboración y de comunicación que nunca debemos dejar al azar de los acontecimientos; nuestra responsabilidad debe llegar siempre hasta el último extremo en términos de seguridad y de humanidad.


En las próximas entradas veremos algunos detalles más concretos sobre esta actividad de dirección sobre el combate, elementos que deberían analizarse y en qué conclusiones enmarcar las respuestas obtenidas para obtener información útil y transferible, eso sí, en el momento correspondiente.

 

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