• Francisco J. Soriano

LA CLAVE DE LA EFICACIA ESTÁ EN NOSOTROS MISMOS


"Somos lo que hacemos de forma repetida. La excelencia, entonces, no es un acto sino un hábito".

Aristóteles


Vivimos tiempos difíciles para las artes marciales tradicionales. Tiempos en los que muchos de sus principios, filosofías o recomendaciones son puestas en tela de juicio con mil y un argumentos. La aparente supremacía de los deportes de combate o la lacra de su supuesto anacronismo son, entre otras muchas afirmaciones inapropiadas, algunos de los torpes argumentos que se esgrimen para justificar la crítica.

Algunos insisten en que la realidad social del siglo XXI es muy distinta de la del siglo XIX, algo que creo que no necesita mucha explicación. Otros insisten en recordarnos que el entorno civil tiene sus reglas, sus normas y sus propios cuerpos de seguridad, unidades que garantizan el orden y la seguridad ciudadana con una concesión expresa para hacer un uso de la violencia negado a cualquier otro sector de la sociedad. Quizá estamos de acuerdo en algunas cosas y con matices. En lo que no podemos estar de acuerdo nunca es en la base a priori de la crítica.


No creo que el individuo del siglo XXI sea tan diferente en esencia de lo que es el del siglo XIX. Trabajar sobre esta esencia es de lo que va esto de las artes marciales. Siguen moviéndonos las mismas cosas, seguimos sometidos a las mismas pasiones y, por desgracia, seguimos sufriendo las mismas patologías y enfermedades psicológicas. Seguimos robando, matando, haciendo sufrir y explotando de la misma forma, o quizá mucho más sutilmente, como lo hacíamos en la antesala del siglo XX.

Según el profesor de la Universidad de Alcalá de Henares Iñaki Piñuel, en España hay más de un millón de «psicópatas puros» y entre cuatro y cinco millones de «psicópatas normalizados o integrados». Una cifra nada desdeñable que nos muestra la alta probabilidad de que una de estas personas esté en nuestro círculo de vecindad, conocidos, amigos o familiares.

El enfoque para la autodefensa, uno de los núcleos incuestionables de la práctica marcial, intenta dar respuesta a una situación violenta de agresión en la que podemos vernos envueltos sin ninguna voluntad de hacerlo. Para estas situaciones, aunque parezca alarmista, no hay mucha preparación posible fuera del contexto marcial. Quizá si observamos la preparación de las personas autorizadas para el uso de la violencia, policías y militares, veremos que se descartan pocas cosas frente al potencial agresivo y violento de un sociópata o un terrorista dispuesto a morir por cualquier causa con la que se sienta profundamente identificado.

En España hay más de un millón de «psicópatas puros» y entre cuatro y cinco millones de «psicópatas normalizados o integrados».


Para el ciudadano medio, al margen de los contenidos de los videojuegos y de las películas policiales, existen pocas referencias que le muestren cómo cambia la percepción de la realidad cuando te ves envuelto de verdad en una de estas situaciones y cuál es el auténtico potencial de acción que tenemos frente a ellas.

Alden Mills, excomandante de pelotón de los Seal estadounidenses, insiste en uno de sus libros en que el éxito de cualquier misión tiene que ver con la preparación: «Planificar no es más que prepararse, y cuanto más te preparas, más posibilidades tienes de éxito». Esta moderna apreciación de la necesidad de prepararse no ha diferido en miles de años, como podemos comprobar en textos como El arte de la guerra: «Las maniobras militares son el resultado de los planes y las estrategias en la manera más ventajosa para ganar. Determinan la movilidad y efectividad de las tropas».

Debemos entender que la práctica marcial es una preparación, una forma de planificar nuestra actuación frente a determinado tipo de situaciones para aumentar nuestras posibilidades de éxito, no para garantizar absolutamente nuestra victoria. La mayor responsabilidad recaería sobre el individuo (artista marcial) y su capacidad real de utilizar y aplicar aquello que estudia, practica e interioriza. Volvemos de nuevo a la relación del individuo con su arte, verdadero territorio para la construcción aproximada de las garantías que tanto requerimos. Resulta imposible fijar garantías cuando hay tantos elementos indefinidos. En nuestros cursos de autodefensa nos referimos a estas situaciones como entornos Vuca, acrónimo que procede de las siglas del inglés Volatility, Uncertainty, Complexity y Ambiguity (volatilidad, incertidumbre, complejidad y ambigüedad).

El potencial adaptativo, la reactividad simultánea, la visión global sin interferencias racionales innecesarias, el potencial de focalización, las cualidades físicas adaptadas a rendimientos extremos, el acondicionamiento para los golpes, la gestión de la respiración para controlar las emociones y la resistencia, la precisión, la contundencia en la acción, el cálculo efectivo de la distancia, la interpretación del riesgo o su detección, entre otras muchas características puras del entrenamiento, nos preparan para hacer frente a estas situaciones. Nos otorgan un mayor rango de probabilidad de salir vivos o con el menor daño posible de situaciones VUCA.


Por desgracia, aceptar los predicados de este mundo de lo simple, lo inmediato, lo cómodo y sin esfuerzo, reduce en la misma medida este rango de probabilidad resolutiva. Estas proclamas son la antítesis de la vía marcial por múltiples motivos. Contraponen el principio común de fortalecimiento que, lejos de pretender superar en fuerza a nuestros oponentes, trata de conseguir que el eslabón fundamental de la cadena resolutiva no sea deficitario en los momentos críticos. Ese eslabón es nuestra fuerza interior y exterior, ejes indiscutibles de todos los sistemas marciales tradicionales.

El cultivo del espíritu combativo, del carácter inquebrantable que nos permita defender lo justo y correcto, son valores que devienen de una ética marcial exportada a la ética social que tanto necesitamos. Todos estos elementos, sumados a un ejercicio permanente de inteligencia, fortalecimiento y desarrollo de habilidades marciales nos otorgan un mayor número de probabilidades positivas frente al caos.


Resulta imposible fijar garantías cuando hay tantos elementos indefinidos.

Reducir las estructuras técnicas de los estilos, simplificar sus ideas en extremo, insistir en que finalmente no vamos a poder utilizar casi nada de lo que aprendemos es, sobre todo, un signo de pobre convicción de lo que se practica, inevitable conjetura final derivada de un entrenamiento inconsistente. La base de este problema está en la ignorancia respecto a la naturaleza profunda del entrenamiento marcial, de lo que buscamos con él, de cuánto ponemos en la búsqueda y de cuánto de nuestro egoico disfraz estamos dispuestos a sacrificar en una ruta tan exigente. Una ignorancia inevitable cuando los motivos que guían nuestro entrenamiento están vinculados a dicho ego y no a la necesidad real que tenemos de sobrevivir.

Las sinergias de la práctica, el trasfondo de conocimiento, los automatismos, la precisión y la efectividad que nos otorgan un entrenamiento holístico no son una garantía absoluta de invencibilidad, pero nos dan una oportunidad de luchar con herramientas que han demostrado de sobra su utilidad a lo largo de la historia.

Nos permiten evitar la rendición incondicional frente a alguien que puede no tener ningún elemento de fuerza real frente a nosotros. Nos permiten entender que el miedo puede trasladarse a nuestro agresor cuando rechazamos su ataque y contraatacamos con contundencia. Algunos de los asesinos en serie más famosos fueron detenidos gracias a que algunas de sus víctimas decidieron luchar y pudieron escapar para denunciarlos. Rendirse no debería ser una opción, rendición que es el fruto de la desconfianza a la que nos conducen todas estas críticas y conjeturas. Menospreciar un legado o invalidar sus propuestas con argumentos pobres, reduccionistas o simplificadores es no haber entendido nada del significado real de la práctica.

Entrenar, planificar, prepararse para algo posible pero indefinido solo puede tener un target de trabajo posible: nosotros mismos. Esa es la parte de la ecuación que podemos establecer como fija, mejorable, optimizable y con garantías de progresión cuando el estrés al que nos sometemos está en su óptimo arousal. El resto, las fantasías heroicas o las derrotas anticipadas, solo forman parte de un magma de ideas preconcebidas con las que partimos desde una convicción perversa y equivocada. De una visión del ser humano indefendible, deteriorado e incapaz de hacer lo que tiene que hacer frente a una maldad siempre más poderosa. ¿Nos creemos esto o entrenamos de verdad?

 

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