• Francisco J. Soriano

La importancia del trabajo sobre el equilibrio y la coordinación en la formación marcial infantil. 1

Actualizado: 23 de jul de 2019


“El niño es un organismo motor sensorio-perceptivo. Si los niños aspiran a sobrevivir, crecer y desarrollarse en su entorno medioambiental y social, tienen que procesar la información que les llega a través de los órganos sensitivos. En primer lugar deben actuar, a fin de subyugar las fuerzas del universo y, seguidamente, procesar la información de que disponen. Sin embargo, solo serán capaces de realizar estas tareas en la medida en que los patrones de movimiento se hayan desarrollado adecuadamente. Por consiguiente, deben moverse para aprender y deben aprender a moverse a causa de los estímulos, tanto externos, procedentes de las energías que les rodean, como internos, provistos de la retroalimentación de su propia naturaleza singular”.

Harold M. Barrow


¿Cómo imaginas la formación marcial de tus hijos? Esta simple pregunta ofrece una gran cantidad de información para disponer de un feedback aproximado de lo que la mayoría de los familiares entienden por “práctica marcial”. También nos ofrece información de primera mano sobre lo que los padres esperan de nuestra labor docente con sus hijos (entiéndase padres/madres e hijos/hijas. Utilizamos el neutro para agilizar más la lectura de la entrada).


Algunas de estas respuestas nos sorprenden muchísimo. Encontramos algunas muy orientadas desde la voluntad de dotar de capacidad de autodefensa al menor, quizá la que más nos encontramos. También algunas que hacen hincapié en los valores morales tradicionalmente asociados a nuestras disciplinas. Otras nacen de una época dorada del romanticismo cinematográfico vinculado a las artes marciales, algo entrañable pero muy desvirtuado y alejado de la realidad.


En definitiva, podemos conocer lo que los padres esperan de nosotros con esta simple pregunta. A partir de ahí tenemos que articular correctamente nuestras respuestas para mostrarles de un modo no traumático en qué consiste nuestra actividad, en qué consiste el aprendizaje que le ofrecemos a sus hijos y, aunque nos cueste mucho incluir este elemento, por qué deben olvidarse de los prejuicios e idealizaciones que tenían en la cabeza.


Por suerte, también nos encontramos con familiares que se han interesado en conocer al detalle nuestro proyecto, nuestros objetivos, metodología, programa y evaluación, antes de decidirse a traer a sus peques a probar nuestra actividad.


Es difícil enmarcar la práctica tradicional en un nuevo paradigma que tenga en cuenta lo que la psicología, la pedagogía, la medicina deportiva, las ciencias de la actividad física, la antropología o la fisiología del ejercicio, entre otros muchos actores reales más, han descubierto, probado y desarrollado hasta la fecha.


En esta serie de entradas sobre formación marcial infantil, en este caso sobre el trabajo del equilibrio y la coordinación, nos gustaría abordar muchos de estos campos para confirmar nuestro modelo, para exponer la evidencia que lo sustenta, la ciencia de la que partimos y el éxito que suponen modelos multidisciplinares a la hora de reinterpretar el modelo marcial tradicional para lo que entendemos que deben ser los centros de formación marcial del siglo XXI.


Comenzaremos por explicar en esta primera entrada a qué nos referimos al hablar de equilibrio y de coordinación, ambos elementos muy ligados en los potenciales de desarrollo del arte, pero también básicos en el desarrollo equilibrado de las cualidades, capacidades y habilidades motrices básicas del alumno infantil de cualquier método marcial tradicional.



Decíamos al comienzo de la entrada que muchos padres no conocen en qué consiste el trabajo que desarrollamos en las primeras etapas del entrenamiento. Algunos piensan que estamos enseñando ya a pelear a sus hijos de apenas 6 años. Necesitamos comenzar aclarando que las necesidades que tiene el alumno infantil para el comienzo de su trayectoria marcial, una trayectoria que durará tanto como él o ella decidan, serán muy diferentes de las necesidades propias de un alumno adulto.

Estas necesidades tienen que ver por completo con su fase de maduración cuerpo, cerebro-mente y espíritu, todo unificado como individuo. El alumno infantil necesita desarrollar unos pilares sólidos que le permita, a todos los niveles, progresar de forma segura y garante en su práctica, con adherencia y pasión por ella y, sobre todo, con comprensión de su sentido en el conjunto de elementos que le conforman como persona.

En nuestra escuela clasificamos como formación infantilal entrenamiento destinado a las edades de 3-4 años hasta los 11-12 años. Los tenemos divididos en dos grupos equivalentes a la Formación infantil escolar (3 a 6 años) y Primaria (6 a 12 años). Para cada grupo de edad tenemos objetivos de desarrollo diferentes teniendo en cuenta los potenciales propios de cada edad.


Las palabras de Harold M. Barrow de la cabecera son perfectamente aplicables al contexto de las artes marciales, ya que tenemos que desarrollar adecuadamente unos patrones de movimientos fundamentales para poder realizar más tarde las complejas tareas que la práctica marcial nos va a exigir.

El primer paso que tenemos que tener claro a la hora de abordar este proceso formativo es adecuar la cantidad, calidad y características de los contenidos que ofrecemos (programa) y la forma en la que introducimos estos elementos para que propicien el logro de estos objetivos iniciales; siempre sin interferir de forma negativa en su proceso natural de maduración.


Por este motivo, la psicomotricidad contextualizada será uno de los pilares sobre los que trabajaremos al comienzo de la formación marcial infantil.

EL EQUILIBRIO


Comenzaremos por el equilibrio como el primer elemento que incluimos intensamente en estos módulos, quizá en un porcentaje mucho mayor en las primeras etapas del entrenamiento que en las subsiguientes.

“No podemos olvidar que uno de nuestros objetivos clave en la formación es dotar de sustrato de soporte a lo que será el desarrollo de habilidades combativas en el artista marcial adulto”

Podríamos definir el equilibrio como la capacidad de mantener la posición anatómica de forma estable en un espacio determinado en condiciones estáticas o dinámicas.

Esta definición, aunque muy genérica, nos permite definir en qué consistirá el desarrollo de esta capacidad en el ámbito de las artes marciales. No podemos olvidar que uno de nuestros objetivos clave en la formación es dotar de sustrato de soporte a lo que será el desarrollo de habilidades combativas en el artista marcial adulto.


Aunque nos gusten las exhibiciones de pequeños realizando ejecuciones magistrales de determinados ejercicios, el objetivo del entrenamiento no es exclusivamente la exhibición, el combate o la competición infantil. El entrenamiento que proponemos es a largo plazo.


Nadie le pediría a un futuro ingeniero en telecomunicaciones que exhiba su capacidad para diseñar un ordenador a la edad de 6 años. Sin embargo, en el ámbito marcial, sí pretendemos ver expresiones precoces de lo que parece ser un trabajo marcial real. Lo sentimos, esto no funciona así. Todo tiene sus tiempos y debemos adaptarnos al tiempo de cada persona para establecer bien nuestros objetivos a corto, medio y, aunque no queramos escuchar esto, a largo plazo.

“Cada individuo presenta matices de cualidad, capacidad y habilidad diferentes, según hayan sido sus estímulos durante las primeras etapas del crecimiento y según su genética particular.”

Comenzar mejorando y apoyando el proceso de desarrollo de las habilidades motrices básicas, desde una visión a futuro, es un buen principio. El desarrollo del equilibro comienza ya desde el nacimiento. En la etapa de los 0 a los 3 años el equilibrio consiste en mantenerse de pie y en comenzar a andar. Vemos aquí dos conceptos claves de lo que será el trabajo a futuro sobre esta cualidad motriz y el desarrollo de habilidades relativas e ella. El equilibrio estático y el equilibrio dinámico son los dos grandes bloques de desarrollo que definiremos en nuestros programas.



El incremento de peso es bastante constante entre los 2 y los 6 años, entre 2,7 y 3,2 Kg al año. En esta primer etapa este incremento progresivo del peso va ligado a cambios significativos en las proporciones corporales y, por lo tanto, a la propiocepción del esquema corporal que está cambiando constantemente.


El esfuerzo de desarrollo que hacemos desde la primera infancia hasta la adolescencia no está preestablecido exclusivamente por factores genéticos. Muchas de las condiciones ambientales a las que nos exponemos permiten que algunas áreas del desarrollo se aceleren o se retrasen. También debemos abandonar determinadas habilidades para adquirir otras de mayor envergadura (paso del gateo a andar por ejemplo). En cualquier caso, aunque podemos hablar en términos generales, cada individuo presenta matices de cualidad, capacidad y habilidad diferentes, según hayan sido sus estímulos durante las primeras etapas del crecimiento y según su genética particular.


En nuestro cerebro el área motora es la primera en madurar. Continúa el área sensorial y terminamos con las áreas asociativas. El responsable del equilibrio y la coordinación es el tronco cerebral. Su maduración inicial ocurre de forma natural y ordenada en un ambiente estable. Sin embargo, en el momento en el que el niño comienza a desplazarse, el ambiente determina sus posibles retos y fuerza un tipo u otro de adaptación. Es por esto que los estímulos en estas etapas juegan un papel clave en el desarrollo de habilidades para el futuro. Sin retos, aunque pequeños, no hay progresión.


“Cualquier déficit o trastorno en el control del equilibrio, tanto estático como dinámico, nos complicará el control de la postura y la integración espacial, claves en la funcionalidad operativa del arte.”


Muchos investigadores señalan que la etapa clave para el desarrollo del equilibrio es entre los 3 y los 6 años. Además, insisten en que si estas habilidades no se adquieren con un cierto nivel de efectividad en este periodo, serán más difíciles de adquirir en las posteriores etapas de la vida. Esto afecta de forma significativa al resto de cualidades motrices interrelacionadas.


Construimos y desarrollamos el equilibrio de nuestro cuerpo sobre la información viso espacial y vestibular. Ambas son clave en la percepción de nuestro centro de equilibrio y en nuestra relación dinámica con el entorno. En entornos como el del combate, en las fases previas al enfrentamiento, dependemos bastante de la información viso-espacial para garantizar opciones de fuga o reposicionamiento. Sin embargo, llegado el momento de la acción combativa, se vuelca de forma significativa el potencial de equilibrio basado en la información vestibular.



En ambos casos necesitamos un alto nivel de habilidad para que la práctica, por lo menos en su enfoque de efectividad defensiva a futuro, esté a la altura de las circunstancias. Cualquier déficit o trastorno en el control del equilibrio, tanto estático como dinámico, nos complicará el control de la postura y la integración espacial, claves en la funcionalidad operativa del arte.


El entramado de factores que pueden intervenir en un mal desarrollo de esta cualidad motriz abarca desde los puramente sensoriales (sensación cenestésica, órganos sensoriomotores, sistema plantar, sistema laberíntico) a los expresamente mecánicos (fuerza de gravedad, peso, altura, centro de gravedad, posición de piernas, etc.)


No entramos en los factores de tipo cognitivo o psicológicos que, en etapas más avanzadas del entrenamiento, dejan ver su influencia en la motricidad fina y gruesa cuando las condiciones emocionales son extremas. De esto hablaremos en futuras entradas específicas.


En el entrenamiento buscaremos fundamentalmente exponer al alumno a situaciones que le exijan un esfuerzo por mantener el equilibrio. Esta será una de las cargas importantes desde la que partirá nuestra estrategia para el desarrollo. Estas situaciones entrarán dentro de modelos de juegos que generen adherencia y voluntad de seguir haciendo el ejercicio para poder reforzar el resultado del esfuerzo, así como consolidar las ganancias que en esta cualidad aportan este tipo de propuestas.



Incluimos de forma progresivas acciones con elementos externos: juegos con pelotas y globos de diferentes tamaños, usadas en acciones estáticas y dinámicas y con una progresión constante en la dificultad de los ejercicios siempre dentro de márgenes aceptables y acordes a las capacidades reales de cada edad y progresión individual.

“Lateralidad, esquema corporal, estructura espacio-tiempo, equilibrio, control respiratorio, tono muscular y coordinación.”

No nos bastan los ejercicios centrados exclusivamente en el equilibrio corporal en situaciones de inestabilidad. También buscamos el desarrollo de la capacidad de reconfigurar constantemente la estructura corporal en acciones concretas dentro de ese rango de inestabilidad (patadas, movimientos de brazos, empujes, eliminación de apoyos físicos o visuales, etc.).

Trabajar sobre superficies inestables mejora considerablemente el potencial de adaptación de los pequeños a las circunstancias de estabilización que cualquiera de los ejercicios le requiere. Hacerlo mientras tienen que ejecutar acciones de lanzamiento, seguimiento visual de objetivos, recepción de objetos o acciones de agacharse, levantarse, girar o saltar, son solo algunos de los terrenos que exploramos incrementando progresivamente la carga de elementos incluidos en cada batería de ejercicios.



Profundizar en estas propuestas a través de circuitos es una fórmula de desarrollo inmejorable para promover el afán de superación de las etapas de dificultad que diseñamos relativas al equilibrio en cada circuito. Aquí hacemos hincapié en que podemos desarrollar muchos modelos diferentes de ejercicios y de propuestas. Desde circuitos específicos sobre una cualidad determinada, hasta circuitos que nos permiten relacionarlas de forma sinérgica combinando acciones y escenarios que requieran todos los ámbitos o algunos de los relativos al desarrollo psicomotor: lateralidad, esquema corporal, estructura espacio-tiempo, equilibrio, control respiratorio, tono muscular y coordinación.


La sensación de estabilidad física, de un equilibrio correcto, influye notablemente en la seguridad que el alumno presenta frente a las propuestas de acción más complejas. Tiene una relevancia importantísima sobre los factores psicológicos del entrenamiento. Un niño que se siente en desequilibrio se sentirá inseguro en los saltos, en los ejercicios con otros compañeros y en todo aquello que le pueda presentar riesgo de caída. Esta inseguridad se transfiere de forma automática a otros campos del entrenamiento y de la vida diaria.


Desarrollar la capacidad de mantener el equilibrio físico es una forma indirecta de ayudar a desarrollar estructuras psicológicas más estables, sobre todo en las primeras etapas del aprendizaje marcial.




El paso subsiguiente de desarrollo, ya en rangos de mayor edad, consiste en el trabajo tradicional de posiciones, desplazamientos y acciones combinadas (formas, combinaciones técnicas, combate). Al desarrollar posiciones sólidas, mejoramos prácticamente todos los tejidos vinculados a la fuerza, pero también fijamos patrones de percepción de estabilidad y de equilibrio entre los diferentes reflejos que se presentan en las musculaturas estabilizadoras, tanto en las extremidades como en el tronco.

Los sensores propioceptivos envían señales concretas al cerebelo que confirman nuestra posición y la necesidad de respuestas neuromotoras a las fuerzas que comprometen esta estabilidad, todo ello en un juego permanente de tensión/relajación orquestado con una enorme precisión por nuestro sistema nervioso y todos los elementos anatómicos vinculados al movimiento, un magnífico regalo de la evolución que podemos y debemos optimizar a través de un entrenamiento inteligente basado en fundamentos contrastados y en una experiencia real de la efectividad del método docente y de entrenamiento aplicado con este objetivo.

 

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