• Francisco J. Soriano

LA METODOLOGÍA DEL ENTRENAMIENTO TRADICIONAL


Estamos acostumbrados a las referencias cinematográficas de lo que eran los métodos antiguos de práctica marcial en el Kung Fu.

Las imágenes de monjes y soldados en circunstancias que exigían una preparación óptima para materializar una venganza, o para salvar un honor perdido, inundan nuestro inconsciente de escenas heroicas en las que el protagonista asumía un entrenamiento sobrehumano.

Unas veces corría descalzo por la montaña, otras golpeaba una pared hasta dejarse la piel impresa en el granito; también las posiciones mantenidas en perfecta estructura desde la mañana hasta la noche nos pintan un cuadro de sufrimiento imposible de soportar, e "imprescindible" para alcanzar un alto nivel de Kung Fu.

Para todos aquellos que han tenido la suerte de tocar en profundidad los estilos chinos, estas imágenes, aunque llamativas por su intensidad, no dejan de ser un reflejo magnificado de la real consistencia de las metodologías tradicionales chinas.

El entrenamiento tradicional no comenzaba con una destrucción del cuerpo del practicante. Lejos de esto se intentaba desarrollar progresivamente una coraza, tanto externa como interna, que permitiera al luchador un entrenamiento de gran intensidad que le acercase lo máximo posible a la realidad de sus límites físicos y psíquicos.

Esta visión no nos aparta mucho de los modernos métodos de entrenamiento físico de cualquier deporte. Las lesiones son las compañeras habituales del mal entrenamiento, de la búsqueda fuera de los límites naturales del individuo, de las exigencias de la mente sobre un cuerpo que aún no está en condiciones de abordar dimensiones de acción superiores a sus reales capacidades.

Nuestra motivación nos juega, a veces, malas pasadas intentando acentuar el objetivo vinculado a nuestras expectativas de progreso. Por este motivo, los sistemas tradicionales de Kung Fu planteaban al iniciado una serie de trabas que le mostraran sus prisas, su impaciencia por obtener lo que esperaban del entrenamiento. No era inusual que un maestro rechazara el ingreso de un alumno durante años para probar su paciencia o para mostrarle que, en realidad, el camino de la práctica se dibujaba paralelo al camino de la vida.

Las lesiones son las compañeras habituales del mal entrenamiento

En la actualidad, muchos occidentales realizan viajes de aprendizaje a China para obtener conocimientos reconocidos en un periodo de tiempo de 15 o 30 días. Muchos regresan enfadados al recibir un portazo en las narices, o cuando algún maestro real les exige inicialmente un trabajo básico y repetitivo constante durante toda su estancia. No podemos dejar de entender a qué ritmo funciona todo esto y debemos comprender, en primer lugar, que la exigencia de aprendizaje debería subyugarse a las exigencias naturales de evolución y progresión dentro de la práctica de cualquier estilo.

Muchos grandes maestros iniciaban a sus alumnos en una técnica concreta y los dejaban entrenar durante meses, incluso años, hasta que el alumno comprendía las directrices profundas de lo que el estilo le planteaba, que la esencia del Kung Fu es el movimiento natural adaptado al contexto que nos afecta.

Para desarrollar ese movimiento natural, el practicante debía desprenderse de sus miedos, sus ambiciones o sus expectativas. Tenía que evolucionar comprendiendo el cómo y el porqué de una simple técnica como antesala introductoria de toda una filosofía de la acción luchatoria.



La función del maestro era la de guía moral, humano y técnico dentro del estilo. Su misión de guardián de las bases del estilo debía abarcar también su función como guardián de la metodología, tanto para su transmisión como para la implantación del sistema técnico en condiciones garantes de aplicabilidad y efectividad.

Esto ocurría desarrollando paralelamente la visión de la vida con la visión del combate. El alumno se enfrentaba a sus reales debilidades y las compartía con el maestro que le indicaba qué rutinas tenía que integrar en su vida para superarlas.

A veces, el entrenamiento podía consistir en realizar un trabajo de albañil, pescador o carpintero, y buscar la esencia del movimiento corporal dentro de estas profesiones para evolucionar la idea germinal del estilo en el contexto en el que realmente se desarrolla la vida.

El entrenamiento del cuerpo, de la mente o de la respiración debía mantener el ritmo natural evolutivo de cada uno de estos espacios. El cuerpo crece, se hace más robusto, más resistente, más duro, según mantenemos en el tiempo una frecuencia progresiva y evolutiva de propuestas de difícil acceso. Si un día el alumno podía correr 10 minutos llegando al límite de sus fuerzas, correría esos 10 minutos hasta que la sensación de límite desapareciese. Ese era el momento de incrementar el tiempo y el esfuerzo de la carrera.



Estos métodos se aproximan mucho a cualquier visión deportiva actual. El cuerpo obedece a estímulos y no debe trabajar en rangos de comodidad que no excitan los procesos de adaptabilidad del individuo. Es preciso incrementar progresivamente las cargas de entrenamiento y transformar las rutinas, ángulos, cualidades y ejecuciones para dar la variabilidad estimuladora que la técnica exige en su desarrollo e interiorización.


Para desarrollar ese movimiento natural, el practicante debía desprenderse de sus miedos, sus ambiciones o sus expectativas.

Los antiguos maestros no eran ajenos a estas necesidades. Tampoco desconocían los límites corporales y las cuestiones a las que realmente el cuerpo era capaz de responder. El análisis de los ciclos, la comprensión de los horarios óptimos para cada tipo de entrenamiento, las condiciones de peligro dentro de la fatiga o, en otro orden de cosas, el significado exacto del concepto de dolor como antesala de un límite que pudiera dañar al luchador, eran elementos que el maestro tenía en su mente durante todo el proceso formativo. Su objetivo era desarrollar la metodología oportuna para que sus propuestas técnicas, en el ámbito marcial, tuviesen cabida y mejorasen continuamente al portador del estilo.

Kung Fu significa literalmente habilidad. El desarrollo de esta habilidad requiere que el cuerpo encuentre la línea de conexión natural entre su estructura, la intención del pensamiento, el espíritu del luchador y la técnica del estilo.

Para ello, debía comprender el sentido de la defensa y cómo preparar las partes del cuerpo que debían asumir este compromiso dentro del combate. Eran requisitos fundamentales en el orden de introducción de los patrones reactivos propios del estilo. También lo eran el desarrollo de la dinámica de movilidad para integrar la esquiva y el control puntual de la acción ofensiva del oponente.

La adaptación progresiva de las zonas del cuerpo dispuestas para golpear, para agarrar, para desgarrar o presionar, debía ir paralela a un estudio concienzudo de las zonas de acción sobre el oponente, sus puntos débiles, sus ángulos articulares, sus reacciones naturales en el dolor y en la presión articular o de puntos vitales. Todo este conocimiento puesto a evolucionar dentro de una dinámica de pensamiento oportuna. Una dinámica enfocada en realizar el daño justo acorde a la situación, con unos preceptos morales que impidieran al practicante convertirse exclusivamente en una potencia destructiva.

El respeto por los valores humanos entraba en juego de manera simbólica en acciones entre alumnos de una misma escuela. Lo hacía fijando unos preceptos morales repetitivos, clase tras clase, realizando un adiestramiento del control de la agresividad. También haciéndole comprender al practicante que no era diferente a otras personas y que, por encima del rol social que había recibido a la hora de nacer, se encontraba el rol humano que une realmente a las personas.

El desarrollo de esta habilidad requiere que el cuerpo encuentre la línea de conexión natural entre su estructura, la intención del pensamiento, el espíritu del luchador y la técnica del estilo.

Todos estos elementos fluían en un magma de aprendizaje que exigía sudor, responsabilidad, inteligencia, fe y respeto por el maestro que se esforzaba por aportar elementos de mejora a sus alumnos en el ámbito de lo humano.

Estos métodos son tan vigentes hoy como lo fueron antaño. Lejos el sistema de entrenamiento de las películas en las que el humillado golpeaba al árbol hasta descascarillarse sus propias manos, el verdadero maestro enseñaba a su alumno a tomar contacto con la superficie del árbol, sentirlo, sentir su densidad, su rugosidad su dureza y, lejos de aplicarse en su destrucción, propiciaba la comprensión del alumno de la suavidad de sus nudillos, la debilidad de sus ligamentos y tendones de las manos, la real posibilidad de autodestruir el elemento que debía sacarle de cualquier situación de conflicto.

Para ello enseñaba a su alumno a juguetear con sus dedos, a hacer gestos de tensión con sus manos en un orden progresivo en el tiempo y en las superficies que aplicaba progresivamente la fuerza. Le enseñaba a mantener objetos de peso con las puntas de sus dedos o a rozar en vasijas de barro llenas de tierra la forma en la que, célula a célula, el cuerpo realizaba su función natural de adaptación.

Estos métodos, estos sistemas, además de endurecer sin lesiones al practicante, le mostraban el orden natural de las cosas. Le alejaban de la visión de que las cosas se pueden conseguir de inmediato pagando el precio oportuno. La paciencia como máxima virtud del entrenamiento. El respeto hacia el maestro como punto de partida a aceptar un rol de aprendiz y de apertura a las condiciones de aprendizaje real que el estilo exigía.

 

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