• Francisco J. Soriano

LO MARCIAL NO ENTIENDE DE MODAS



La práctica marcial no es algo que podamos definir en términos de tiempo y espacio. Entrenamos y aprendemos. Mientras vamos aprendiendo vamos mejorando. Muchos maestros insisten una y otra vez en que no decaigamos en el empeño de mejorar nuestra técnica, en ser perseverantes y no abandonar la práctica real.


La realidad actual se pierde en la variedad. Insiste en estimular el concepto de cantidad en un individuo previamente educado por la sociedad para ello. El arte se pliega a la demanda como nunca lo había hecho y así mismo va consumiendo su sentido y desvirtuando un legado que no nos pertenece.


Es complejo imaginar ahora un escenario de alumnos que comienzan y mantienen su práctica toda la vida, parece un anacronismo sin argumentos que justifiquen lo contrario. El alma del artista marcial se va perdiendo en la multiplicidad de estímulos placenteros a corto plazo. Con ello el practicante corre el riesgo de transformarse en un deportista ocasional sublimado por la novedad y el éxito de su expresión deportiva. El ego campa a sus anchas y nos resignamos a seguir enseñando aspectos que pueden no interesarle a nadie. Educar en la espera no se estila en la sociedad de la compra Online casi inmediata.


La práctica nos invita a madurar lentamente el conocimiento, a cocerlo a fuego lento en la constancia repetitiva buscando nuevos ángulos desde los que observar lo mismo. En ese juego de observaciones multiangulares el objeto observado se transforma ofreciéndonos un espectro infinito de variedades.


Las historias de maestros inmersos durante años en el estudio de una solo técnica parecen no inspirar ya a nadie; el cine ha hecho su trabajo reduciendo una vida de esfuerzos y logros a un fragmento escaso de 90 minutos que muchos pretenden emular.

El ego campa a sus anchas y nos resignamos a seguir enseñando aspectos que pueden no interesarle a nadie.

Esta forma de variedad dentro del arte ha quedado escondida detrás del colorido espectacular de los cambios interesados, de ofertas de novedad en lo que sigue siendo un presente maquillado de espectáculo que no termina nunca de cumplir su función. Es preciso abordar esta pregunta para reenfocar la práctica: ¿cuál es esta función?



Estamos ante el arte de practicar hacia adentro para reconocernos, parar identificar nuestro potencial y nuestras debilidades. Debemos crear el escenario que nos permita crecer poderosos en aquello del arte que resuena en nosotros a mayor profundidad. Las palabras desaparecen y emerge el sentimiento de comprender que hacemos lo correcto, que recorremos impasibles y tenaces un camino que es para siempre desde siempre. Solo la excelencia oportuna marca la diferencia entre la vida y la muerte en más de una ocasión.


La novedad, el espectáculo, lo pintoresco y anecdótico pierden fuerza cuando rozamos tan solo esta realidad oculta a los ojos del profano, el ignorante o el distraído. El arte exige compromiso en dos direcciones y no podemos eludir ninguna de ellas si pretendemos alcanzar esta excelencia marcial inquebrantable.


Las artes marciales tradicionales buscan desarrollar la fuerza interior, la verdadera fuerza de espíritu y cuerpo que permite enfrentarse a todo aquello que nos amenace desde dentro y desde fuera de nosotros mismos. Sin metáforas, sin parábolas, entendemos que el arte en sí es un proceso continuo, permanente, absoluto hacia el interior de nuestros recuerdos, nuestras emociones, nuestra estructura de pensamiento y nuestro cuerpo debidamente instruido y transformado.


El eje del equilibrio que logramos en una posición nos permite consolidar nuestro equilibrio frente a la adversidad. La fuerza de nuestros brazos y nuestras piernas nos regalan el poder y su sentimiento. Con esta sensación de fuerza interna y externa podemos transitar la vida sin la lacra del miedo, sin el permanente temor de perdernos en otros o en nosotros mismos.

Solo la excelencia oportuna marca la diferencia entre la vida y la muerte en más de una ocasión.

La marcialidad no tiene atajos, no brilla más que a los ojos del que ha comprendido su oscura profundidad y su valor intemporal. No está sujeta a modas, a cambios o a exhibición, solo nosotros sentimos su fuerza cuando la práctica no está desvirtuada por un ideal equivocado, un sueño inducido, una enseñanza de superficie o un objetivo de aprendizaje decidido por esa parte de nosotros que es un constructo permanente de cara a la galería.

 

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