• Francisco J. Soriano

Sin dudas sobre el bien y el mal.

"El sol no espera a que se le suplique para derramar su luz y calor. Imítalo y haz todo el bien que puedas sin esperar a que se te implore".


Epicteto de Frigia


A veces meditamos de forma sincera sobre el rumbo de nuestras vidas. Estas meditaciones crean semillas que se instalan en los rellanos de lo que llamamos destino, y lo hacen quizá para fijar el rumbo que indirectamente acabamos decidiendo.


Como compañera de ese viaje tenemos a nuestro lado a la duda. La duda revestida del sentido sobre el acierto de nuestra decisión, el acierto de nuestra ruta, el acierto del momento de fijarla o de lo que nos llevamos con nosotros por ese derrotero.


La duda se enquista en nuestro pensamiento e intenta robar el espacio a la determinación que nos llevó a dar ese primer paso. Todo forma parte de nuestra particular decisión. Como si de una balanza sutil se tratara, nuestra mente articula constante el equilibrio entre la decisión tomada y la duda que merma el peso de dicha decisión, quizá sin más motivo que llevarnos al desastre de la inactividad o la desidia.


¿Qué elementos dan fuerza a nuestras decisiones?, ¿qué puede hacer que el poder de la duda se disipe y no tengamos que consumir nuestra energía más profunda en ese interno y eterno debate lleno de angustia? La firmeza de un espíritu claro, de una naturaleza realmente definida nos ahorra el tormento de intentar aclarar por qué, cómo, cuándo, o dónde deberíamos cambiar algo.


Purificar nuestro corazón y nuestro pensamiento nos puede llevar al camino de la calma. A caminar descalzos pero felices por la ruta que hemos escogido de todas las infinitas combinaciones que podíamos elegir. No discutimos la causa de nuestra decisión, necesitamos confrontarla con nuestra naturaleza real, con la convicción de lo que somos y de cuál es nuestra misión como personas dentro de este marco.


Definir nuestra naturaleza resulta muy complejo, sobre todo con tanto ruido de fondo intentando insertarnos ideas que desvirtúan lo que realmente somos. Las máscaras que adoptamos se aparecen y tiran de arquetipos dormidos en nuestra esencia por generaciones. Lo hacen por su característica evolutiva inherente a nuestra propia simbología existencial. Ellas se encargan de generar un individuo, alguien que toma partido por los intereses de otras ideas de orden mayor. Lo hacen bajo un tipo de presión aceptada que no respeta la pureza individual de nuestro espíritu natural.


¿Es un delito para el alma que nos instruyan en una dirección determinada? ¿Hay que marcar un patrón, o dejar de hacerlo? Desde nuestra infancia somos instruidos, pero también influidos, palabras que deberían ser antagónicas en el proceso de formación integral de la persona.


La instrucción debería surgir como método para hacer aflorar la naturaleza profunda del individuo, debería ser un estímulo para el desarrollo de sus potenciales fundamentales. La influencia ideológica debería descartarse progresivamente en la evolución del ser humano ya que en ella viaja la idea por encima del ser. En esa influencia coexiste el interés particular y grupal sobre el individuo objetivo.


Desmarcarse de esa corriente resulta casi imposible. Lo es porque la trama social se ha tejido con esta materia. Los hilos que nos conectan no van ya de corazón a corazón, ahora viajan de mente a mente surcando un océano de imágenes que, en otras circunstancias, nunca abrían abierto la caja de pandora de nuestra naturaleza primitiva, esa que nos lleva a la matanza, a la supervivencia y al terror.


Seguimos convencidos que la guerra es innata al ser humano, que tras cada juguete que le damos a un niño hay un arma esperando el juego de la guerra que tanto nos inculcaron desde la televisión o desde el cine.


Guerra interior y exterior para comprender un espíritu de vacaciones en la materia, un ser manifestado que pronto dejará de estar presente; como si la vida no fuese más que un parque de atracciones, un lugar en el que el espíritu es capaz de presenciar todo lo horrible e injustificado durante un periodo limitado de tiempo.


Decidimos y nuestras decisiones crean nuevas ideas, sucesos, palabras, sentimientos. Todo paso que damos genera una dirección. Toda duda que albergamos limita cada uno de nuestros pasos, convirtiendo cada obstáculo en una confirmación de nuestro error fundamental.


Descubramos nuestra naturaleza a través del bien, la necesidad profunda de ayudarnos, de prestarnos el apoyo vital que toda persona necesita. Ese bien que antagoniza con un mal aceptado, un mal fomentado y difundido entre imágenes entrañables que evocan nuestra más perversa naturaleza, lógicas que justifican nuestros más perversos actos.


El bien es la píldora que confiere a nuestro espíritu la fuerza y la convicción de que hemos obrado y decidido correctamente. Cuando nuestros actos, nuestro pensamiento, nuestras ideas, nuestra voluntad en su conjunto se ciñen a este patrón, tan sencillo de pronunciar y tan difícil de ecualizar en el sonoro eco que le corresponde, la dirección se fija en orden ascendente.


El bien es sencillo. Nos lo venden como complejo, como insustancial, como fruto de una mentira que han intentado insertarnos en el cerebro. Dudas tales como si el hombre es bueno por naturaleza o no, si se hace bueno o no, no tienen sentido real si analizamos las consecuencias. El bien no admite discusión, es la decisión definitiva, la que guía nuestros pasos temporales por un único camino que, como todos los demás, tiene sus complicaciones y sus obstáculos. Sólo la fe en su realidad nos lleva a poder mantenerlo como eje de la consecución de nuestra naturaleza. El bien no es una idea, es una decisión, una actitud frente a lo efímero de nuestro camino.


Su recompensa escapa realmente a una idea de vida después de la muerte. No hacemos el bien para transcender a un paraíso, hacemos el bien para vivir el paraíso terrenal de una existencia con sentido, coherente, llena de efectos positivos.


El bien no puede habitar en el interés exclusivamente personal. Somos conscientes de a dónde nos lleva la competencia como actitud social de evolución. Nos lleva a perdernos en una peregrinación solitaria, llena de emociones nefastas para nuestra felicidad. No estamos ante una timorata negación de nuestro potencial hacia el mal. Somos conscientes de que la energía de nuestras ideas y de nuestra acción puede dibujar rutas alternas entre ambas polaridades. Sin embargo, la valentía de decidirse por una, descartando por completo todo aquello que alimenta a la otra, no es realmente un desequilibrio. Es, en todo caso, una decisión crucial en un terreno que requiere un avance. El avance no puede ocurrir cuando las fuerzas de empuje son antagónicas, unas deben vaciarse y otras deben llenarse.


Quizá si comprendemos que el lleno y vacío profundo de nuestra alma se compone de un flujo direccional y comprometido, podremos desterrar la duda insertada como acción principal de nuestra mente. Quizá, si la desterramos realmente, podremos iniciar el camino de afianzar nuestra naturaleza e impregnarla de la determinación de actuar en la línea de un bien que no necesita definición, un bien que contrasta directamente con todo aquello que lo contradice, un bien por encima del tiempo y del espacio, contenido en la propia estructura de la naturaleza que decidimos ser.


 

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