• Francisco J. Soriano

SPARRING PARA MACHOTES

"Lo que digo siempre: trabajar duro, ser honesto y ayudar a las personas. Eso es lo más valioso. Si todos hicieran algo bueno a los demás por día, un solo gesto no más, y si son cien las cosas generosas, se multiplicarán. Y si tenemos un millón de acciones simples, naturalmente habrá un millón de alegrías."


Fumio Demura

(Gran maestro de Karate)


El entrenamiento de artes marciales y sus diferentes enfoques como deporte de combate o defensa personal, entre otros, sigue una ruta ascendente que va desde las bases preliminares, es decir, donde el artista marcial construye los pilares físicos, psíquicos y espirituales de lo que será su práctica, hasta los límites de la excelencia técnica ejecutiva en su aproximación más cercana a la realidad final de un combate sin reglas.


En tiempos como los actuales, tiempos en los que muchos quieren emular a los héroes marciales deportivos de las artes marciales mixtas (MMA), el entrenamiento se va convirtiendo en otra cosa casi sin darnos cuenta.


Esto de las redes sociales tiene su parte mala, pero también nos permite explorar contextos, ámbitos marciales diferentes, en los que podemos observar cómo evoluciona el fenómeno marcial en pleno siglo XXI, de ahí esto que vamos a tratar hoy en nuestro blog.



Uno de los elementos que más curiosidad me genera es el de las perspectivas del sparring que se está imponiendo en muchos clubs y que, desde mi punto de vista, es una aberración fruto de las prisas por ser alguien en esto de la lucha y de la voluntad de que algunos egos lleguen, sin obstáculos, a donde previsiblemente deberían estar.


Decir que el sparring a pleno contacto es lo único que certifica la validez de un luchador carece de cualquier fundamento o evidencia. Es algo tan tonto como pretender que un maestro de Taijiquan simplificado venza a un profesional de las MMA en un combate con escasa reglamentación, algo que por desgracia atestiguamos con demasiada frecuencia en los últimos tiempos.


El sparring es un ejercicio que, como los restantes que cubren el espectro de herramientas del entrenamiento marcial, tiene sus leyes, su sentido y una lógica sinérgica dentro del conjunto. Pensar que si no sangramos en un entrenamiento estamos haciendo lo correcto es una irresponsabilidad que alguien debería de parar ya. No entrenamos para lastimarnos y mermarnos físicamente, es lamentable que tengamos que recalcar algo tan básico.



La práctica del sparring está sujeta al control de los luchadores. Podemos entrenar a un alto nivel de intensidad en el combate, podemos incrementar la velocidad de nuestras acciones y exponer la mayor cantidad de variables posibles que nuestro entrenamiento previo nos regale, pero no podemos realizar acciones potencialmente lesivas y mucho menos identificar eso con un entrenamiento realista, práctico, sincero o útil.

Que nadie se engañe, la realidad supera siempre cualquier expectativa que hayamos trabajado en las sala, por muchas narices que se rompan, muchas orejas inflamadas, muchas costillas cascadas o cuellos lastimados. Nada garantiza nada en una situación real imprevista. Lo que pensamos que es muy útil en el laboratorio del wushuguan, puede ser inservible en un ángulo, momento, situación y estado diferente. Y será mucho más inútil si cuando se da la situación real estamos lastimados porque nuestro entrenamiento se ha basado fundamentalmente en exponernos, una y otra vez sin control, a escenarios acelerados y desprovistos de las exigencias de control que todo luchador debe tener en el ámbito del combate de entrenamiento.



En las artes marciales chinas tradicionales se insiste siempre en que en el sparring debe mostrarse la máxima calidad técnica y, a la vez, el máximo control de la intención. Los antiguos maestros hacían gala de esto en sus demostraciones. Hace poco pude ver un documental que recoge la vida del maestro de Kárate Fumio Demura. En este documental se tratan los primeros años de este maestro en USA, un periodo en el que se dedicó a hacer numerosas exhibiciones por todo el país. Sus exhibiciones eran de un realismo no visto nunca antes, sin embargo, tal y como relatan los testigos del documental, este maestro hacía gala de un control increíble a la hora de ejecutar las técnicas, un control que impedía ningún daño a su compañero de exhibición pese a su velocidad y fuerza en la expresión de la técnica.

La realidad supera siempre cualquier expectativa que hayamos trabajado en las sala

Cuando hablamos de sparring, parece que olvidamos esta premisa, que de algún modo entramos en un terreno en el que es “normal” lesionar un poco al oponente/compañero. La práctica del Sanshou, tal y como nombramos en el Wushu a este tipo de ejercicios, debe ser progresiva, acorde al contexto, con un nivel de intensidad que no lesione, con unas exigencias absolutas de control, con el ego aparcado en la puerta de la escuela y con la voluntad de desarrollar reacciones oportunas a situaciones inesperadas. Podemos golpear mil veces a nuestro oponente pero ninguna con profundidad real, no se trata de un saco. No deberíamos, en ningún caso, aplicar un porcentaje de potencia extrema en el golpe porque realmente es innecesario. Para eso están los sacos, las manoplas, los paos, los maniquíes, etc.

Nuestro modelo de Sanshou debe estar sujeto a protecciones materiales, pero también a protecciones actitudinales en las que el objetivo no sea realmente vencer a nuestro compañero, sino garantizar el desarrollo de la técnica en situaciones de real oposición, sin que medie la complicidad que tenemos con él cuando entrenamos solamente la técnica.


Para esto, para lograr este control, es fundamental un análisis de nuestros objetivos personales en el entrenamiento, de nuestro nivel de comprensión del sentido del ejercicio, de nuestros detonantes emocionales descontrolados y, sobre todo, del riesgo que asumimos y que puede comprometer nuestros futuros entrenamientos o nuestra capacidad real en la calle en cualquier momento. También debemos ser sinceros con nuestro nivel de acondicionamiento real y hasta qué punto de intensidad podemos llegar en el combate sin sufrir daños. A veces nuestra mente nos percibe más duros y fuerte de lo que realmente somos.


Si en tu Sanshou se te vende la burra de que el sparring tiene que ser absolutamente real busca otra escuela. Se trata de un ejercicio imprescindible de aproximación a la realidad, pero que está limitado por muchos parámetros, entre ellos el del riesgo. Mejor estar sano, activo y en perfecto estado para afrontar con fuerza y capacidad todo lo que la vida nos ponga por delante. Entrenamos para crecer, fortalecernos, mejorar y avanzar en la vida, con un respaldo que nosotros mismos construimos día a día, sesión a sesión, durante mucho tiempo.

La intensidad relativa del Sanshou nos debe garantizar estos compromisos personales con el entrenamiento. Del mismo modo, tampoco debe permitir que el ego de la victoria nos atrape y caigamos en la épica que nos venden algunos que no terminan de asumir las altas responsabilidades que les corresponden como profesores de un arte marcial.

 

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