BUDISMO, TAOÍSMO Y ARTES MARCIALES CHINAS. Parte 1


"El mal consiste en no rechazar los pensamientos precedentes y en conservar más tarde restos del pensamiento actual. Cercenad el intervalo entre el precedente y el presente; cortad los términos anterior y siguiente. Eso significa no circunscribir el espíritu".


Misterios de la sabiduría inmóvil del Maestro Takuan


Vivimos tiempos difíciles para las artes marciales tradicionales. La relación entre las artes marciales y las religiones siempre ha sido un fenómeno difícil de entender. La lógica inicial parte de una serie de criterios equivocados que impiden entrelazar estos dos elementos aparentemente tan dispares. ¿Cómo casa la religión y su búsqueda de la espiritualidad con la violencia propia de las artes marciales?


En ambos casos partimos de premisas erróneas. La primera de ellas es la supuesta relación de las religiones con lo que llamamos «paz». Si hay algo que ha provocado las grandes matanzas de la humanidad, además de las ideologías políticas y las conquistas territoriales, ha sido sin duda el fenómeno de las grandes religiones. La perversión de escrituras que apuntan hacia una sociedad pacífica contrasta con las operativas de muchos líderes religiosos que han sustentado la violencia como un acto de reorganización justa de la fe en el plano de lo terrenal.


El segundo supuesto equivocado es, sin duda, el de la violencia explícita asociada a los modernos métodos marciales. Las personas que conocen, estudian y practican artes marciales son conscientes de la importancia que en ellas se les da a la paz, a evitar la confrontación, a aplicar la justa violencia cuando no hay otra salida para una situación de riesgo.


Esto es de algún modo lógico para quien conoce lo imprevisible de este tipo de situaciones, los factores fortuitos e inesperados que pueden aparecer cuando todo es caótico. Conocer desde dentro estos escenarios es quizá el mejor argumento que tienen los artistas marciales para evitarlos a toda costa.


Dicho esto, podemos empezar a preguntarnos a qué se debe la asociación de estos dos elementos tan atractivos y sugerentes para las mentes occidentales. Las artes marciales tradicionales mantienen sus vínculos con diferentes elementos religiosos y filosóficos porque forman parte inherente del entramado cultural chino. Si hay algo que distingue a la sociedad china de la occidental es la capacidad que tiene para integrar elementos culturales en un todo indivisible que fortalece y define su carácter histórico nacional.


Es algo consustancial a su cultura y no difiere del vínculo equivalente entre los religioso y la tauromaquia o las romerías y el flamenco en nuestra cultura hispánica. Cada sociedad integra, asocia, vincula y desarrolla sus proyecciones alimentada por aquello que mueve el corazón de sus gentes.


En el ámbito de las artes marciales chinas, de su realidad cultural, la religión/filosofía forma una parte más de las estructuras culturales del pueblo, está integrada en sus vivencias personales, en sus códigos familiares y en sus creencias populares. La verdadera religión china de fondo es la del culto a los ancestros y a los dioses de la tierra y el cielo. Son reminiscencias ancestrales de los conceptos de familia y señorío elevados al carácter religioso de lo trascendente.


Esta base religiosa otorga un fondo ontológico diferente a su cultura, un fondo que permite el eclecticismo chino en su máxima expresión a través de las vías complementarias que suponen el budismo y el taoísmo. Un fenómeno que quizá se deba a su compatibilidad cultural y a la necesidad social de cubrir estas otras dimensiones que citábamos anteriormente.


Para las artes marciales, la integración de elementos de índole espiritual y trascendental tiene que ver con la relación de éstas con la guerra, verdadero teatro en el que se desarrolla la tragedia que se manifiesta entre la vida a la muerte. Ver de cerca la muerte genera las grandes preguntas existenciales de la humanidad.


Cuando los sistemas se desarrollan para intentar evitarla, para contrarrestar aquello que puede arrebatar la vida mediante un acto de violencia, tienen obligatoriamente que abordar las contramedidas emocionales, morales, éticas y disciplinarias que garanticen la estabilidad del Ser antes, durante y después de cualquier evento de estas características.


Los soldados de todas las culturas antiguas rezaban antes de entrar en combate. Encomendarse a lo sagrado es una forma de afrontar la dureza del riesgo con alguna garantía de fondo que mantenga la integridad de la voluntad combativa. Aunque parezca un contrasentido y los conceptos de supervivencia y vida post mortem entran lógicamente en contradicción, son las dos caras de una misma moneda en diferentes territorios.


Los vínculos morales y éticos son de algún modo los que garantizan los acuerdos propios de la metafísica para un mejor descanso trascendental. Conceptos como cielo, infierno o karma, son solo ejemplos de estos vínculos inevitables cuanto todo se sustenta en los pilares de la fe y la esperanza. Queremos sobrevivir aquí, pero también queremos poder vivir correctamente allí cuando todo esto se acabe. Dos caminos con un mismo eje que no entraña realmente contradicción alguna.


Esta realidad ha hecho que lo filosófico permanezca vivo dentro de lo marcial, pero de una forma mucho más sutil y menos filmográfica de lo que muchos intentan vender con disfraces, títulos y fotografías dignas de una película de Hollywood o de los Shaw Brothers. Lo autentico de lo espiritual y lo trascendente en lo marcial es, en realidad, su carácter íntimo y privado. Lo es del mismo modo en que aparece en el verdadero entrenamiento marcial; el transmitido de maestro a discípulo con esa carga profunda de responsabilidad sobre la vida y la muerte que es verdaderamente intransferible a la masa popular.


Toda la práctica marcial viaja siempre en dos direcciones. Una interior sobre la propia construcción profunda de la persona en todos sus estratos integrados y otra externa sobre la sociedad y su conjunto, una sociedad cuyo mínimo ejemplo doméstico y primordial es la familia.


Los vínculos con nuestro Ser son un reflejo transferible a los vínculos que queremos fijar con nuestros semejantes. «Ama al prójimo como a ti mismo» no es solo un precepto religioso, es una instrucción coherente para la vida en equilibrio desde estos dos polos de afectación personal. El primer ensayo de sociedad es la familia, una pequeña sociedad que en la práctica marcial se intenta reproducir desde otra perspectiva diferente. El objetivo claro es introducir los valores de la vía marcial, tanto éticos como morales, en la psique profunda del practicante para integrarlo desde ahí a una sociedad permanentemente necesitada de equilibrio. Aquí entra el reflejo de un posible tercer modelo ético/filosófico: el confucianismo. A él dedicaremos una futura entrada en esta misma serie.


Lejos de la exclusiva influencia moral, ética y metafísica que hemos visto hasta ahora, tenemos que establecer también una perspectiva multidimensional para abordar con justicia este fenómeno relacional. Debemos conocer en profundidad cada uno de los elementos que están interactuando para comprender el sentido de sus vínculos.


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