EL NIVEL DE LOS HÉROES



«En vez de limpiar su propio corazón, el fanático trata de limpiar el mundo».

El héroe de las mil caras (1949), Joseph Campbell

Cultivar el hábito de reflexionar sobre la práctica es una buena manera de no perderle el paso a la realidad que nos ocupa; sobre todo en algo tan controvertido y mal interpretado como resulta ser el entrenamiento de las artes marciales.


Solemos hablar de lo que es y lo que no es correcto en la práctica. Intentamos vislumbrar lo que demarca la efectividad, la realidad del entrenamiento, la verdad absoluta que no todo el mundo puede, debe o parece tener. Por supuesto, nadie la tiene, pero ejercemos el derecho a proclamar nuestras aparentes verdades, nuestras pequeñas verdades subjetivas, como si realmente no hubiese ningún otro enfoque paradigmático para definir en qué consiste el nivel real de estos temas.


A veces, perdemos el norte y nos alejamos del sentido real del entrenamiento; es cuando comenzamos a ver la docencia, por ejemplo, como un mero negocio de venta; cuando comenzamos a ver la competición, otro ejemplo más, como lo único que sustenta un modelo de esfuerzo y motivación mantenido en el tiempo; cuando comenzamos a ver a las otras escuelas como competencia que hay que atacar o reducir. Es cuando comenzamos a pensar que nadie más que nosotros mismos se merece cualquier tipo de éxito porque estamos, sin duda, en la absoluta posesión del poder real que estos sistemas otorgan solo a unos cuantos privilegiados por no se sabe quién (se sobreentiende la ironía).


Parece que nos distanciamos de esta realidad cuando lo basamos todo en esta hegemonía del «yo» por delante del «nosotros» (ojo, digo «nosotros» y no «ellos», lo cual implicaría falta de integración y distancia).


Cuando hablamos del nivel en el arte no nos estamos refiriendo a un mero ejercicio de demostración técnica, de poder, de conocimiento, de habilidad, etc. También estamos hablando de humanidad, de amabilidad, de humildad real o de empatía, entre muchos otros valores. Para lograr este nivel tenemos que expandirnos y tener una visión de nosotros mismos desde múltiples perspectivas.


Las artes marciales tienen su yang expansivo, pero también tienen su yin introspectivo. Para lograr un cierto equilibrio debemos estar interiormente a la altura de la expansión que lo externo nos exige constantemente. Quizá podemos olvidar que el Wude marca el objetivo real de la práctica en tanto nos obliga a actuar como mejores personas. Sí, aunque no lo parezca, este es uno de los objetivos más elevados de la práctica; y lo es por todo aquello que deriva de su búsqueda a través del entrenamiento.


Estos beneficios derivados se traducen en fortaleza del carácter, solidez y magnitud de valores y la corresponsabilidad asumida. Con un énfasis claro por controlar nuestras pulsiones, comprenderlas y hacer el esfuerzo de trascenderlas desde una estructura mayor de conciencia, que integre a los múltiples elementos humanos y circunstanciales que nos afectan. La práctica constante y elevada del arte nos proporciona una enorme herramienta para fortalecer el espíritu.


Hablamos de transmutación de la energía desde un Jing (esencia matriz) incipiente a un Shen (espíritu) inasible, pero solemos tratarlo en términos de alquimia, como si se tratase de productos que tenemos que elaborar; como si fuésemos una destilería energética en la que los materiales y los productos que elaboramos fuesen algo distinto a nosotros mismos y nuestra propia conciencia de todo el proceso. Es el alma la que participa directamente en todo este proceso de transmutación y es absolutamente indivisible.


Nos referimos a un proceso en el que la parte más primitiva de nuestro cerebro acaba admitiendo los valores que nuestra parte racional y emocional (más moderna en términos evolutivos) propone para mejorar nuestro potencial de supervivencia, un potencial que depende de nosotros y, cómo no, del grupo del que formamos parte. Si perdemos los valores humanos, la práctica se acaba convirtiendo en un esbirro más del ego, este eterno compañero que algunos denostan, otros niegan y algunos admiten como inseparable sombra de lo que somos, pero digno y susceptible de ser EDUCADO (las mayúsculas son intencionadas).


El valor del practicante, su nivel, su calidad en la práctica, no se mide por la perfección de sus posiciones, por su palmarés deportivo o por su capacidad para dañar y lastimar a cualquiera sin compasión. El verdadero valor reside en la capacidad de utilizar el entrenamiento para crecer interiormente y ser más útiles e integrados para una sociedad necesitada de héroes de verdad. Héroes que asuman con solidez y sentido el trabajo diario de superar los obstáculos que la vida nos exige para sobrevivir, para dar felicidad y sustento a los nuestros sin lastimar a nadie.


Estos héroes o heroínas son personas que utilizan el entrenamiento como un modo de pulir el espejo en el que se miran diariamente, Lo hacen para descubrir si son la persona que les gustaría tener siempre a su lado. Son los héroes que madrugan para asumir su responsabilidad con ellos mismos y con su comunidad, sin menoscabo de obrar con sinceridad, amabilidad, respeto y gratitud por una vida sin enfermedades, con trabajo, con ilusiones y con sentido.


Este sentido deviene del conocimiento profundo de quiénes somos, de cómo integrar esta realidad personal sin deterioro en el grupo inmediato de nuestra familia. Este proceso de integración progresiva desde nuestro yo más sincero pasando por la pareja, la familia, los vecinos, las amistades, los compañeros, la sociedad, la cultura, la nación, el mundo y el ser humano absoluto es la vía expansiva que podemos recorrer con una mochila cargada de los grandes valores de la marcialidad.


Si avanzamos olvidando, destruyendo o dejando de integrar los elementos restantes de nuestra cadena vital, podemos acabar en un espacio inconexo en el que solo nos queda una imagen distorsionada de nuestra huérfana realidad.


Definir lo correcto para establecer este proceso de integración constructiva es una de las premisas que aprendemos al entrenar e interiorizar los valores de la práctica marcial tradicional.


No está mal recordar que el bien y el mal coexisten, que están dentro de todos y cada uno de nosotros. Unos alimentamos a una parte y otros la otra, algunos no terminan de decidir cuál les corresponde alimentar o se exceden en algunas de ambas direcciones. Las artes marciales despejan esta duda aceptando el lobo sanguinario que vive en nuestro interior y educándolo como el perro de guarda que queremos que nos acompañe para dar calor y seguridad, cuando sea preciso, a un corazón amenazado por el riesgo inherente a la vida.


Ser más malos no nos permite sobrevivir ante el mal; un mal innegable. Lo que los maestros nos transmiten es que la única posibilidad de sobrevivir frente a esta maldad radica en ser más fuertes, justos, tener valores más grandes, menos temor, más seguridad y desarrollar el poder de proteger estos valores poniendo la vida en la cúspide de las decisiones, solo de esta forma podemos evitar que una simple tontería acabe en una espiral de desgracias.


El entrenamiento efectivo es el que nos hace mejores personas y el que nos invita a esforzarnos por mejorar todo este arsenal interior, desde la técnica hasta el espíritu pasando por nuestras capacidades naturales para el esfuerzo. Es así porque somos conscientes de que en el proceso de hacerlo crecemos, conocemos mejor nuestras limitaciones y nos aproximamos más a nuestro centro para descubrir quiénes somos y quiénes queremos y podemos ser.


Ese es, desde mi punto de vista, lo que delimita el nivel de un practicante real; por encima de sus victorias, su invencibilidad, sus capacidades, su estética o su visión reduccionista de una vida en la que lo único que prima es ser mejor que los demás. Ya sabemos a dónde conduce esta visión y no creo que intentar transmitirla tenga el más mínimo sentido.


Celebremos el Wude, la vida y una visión humana de la práctica con sentido real, para que podamos disfrutar de ella, crecer y compartir sus maravillosas propuestas para el crecimiento del individuo en toda su magnitud natural para hacerlo.


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