El porqué y el cómo del Dàolù I


«La práctica revolucionaria en cualquier campo de la existencia humana se desarrolla por sí misma si uno comprende las contradicciones en cada nuevo proceso; consiste en ponerse del lado de esas fuerzas que actúan en la dirección del desarrollo progresivo.»


Wilhelm Reich

INTRODUCCIÓN

Uno de los apartados menos comprendidos de la práctica tradicional del Wushu es el de las formas o Dàolù (套路).


Las formas se presentan al profano como una especie de baile incoherente en el que se escenifican escenas fantasiosas de lucha sin oponente. Visto desde esta perspectiva es lógico deducir una baja funcionalidad de estos métodos para el combate real.


Esta visión reduccionista de los que no saben de qué hablan se acrecienta con la entrada en escena de las formas del Wushu deportivo. Estas formas, aunque basadas en los Dàolù tradicionales, tienen un objetivo muy diferente al de la práctica tradicional y están sometidas a parámetros de evaluación con un fin definitivamente competitivo.


En cualquier caso, no podemos ver las formas desde estas perspectivas, ni la del profano que se asoma a la observación de la danza marcial, ni la del mero entusiasta de una estupenda práctica deportiva que escapa casi por completo a la funcionalidad combativa de los sistemas tradicionales.


Para colmo de males, nos encontramos con algunos profesores que pretenden enseñar aplicaciones marciales de las formas deportivas del Wushu, o con otros que insisten en vincular su nivel de práctica a una ejecución estética de sus formas tradicionales sin hacer todo el trabajo de adaptación combativa que deviene de ellas.


Para los que practicamos artes marciales chinas es fundamental separar la paja del grano y definir con claridad la utilidad y objetivos reales de estos trabajos, sobre todo para que podamos fijar unos puntos de partida coherentes en nuestra exposición sobre ellos.


En primer lugar, debemos tener claro que las formas, como veremos a continuación, no son el fin último de la práctica sino un apartado fundamental de un conjunto de elementos mucho mayor.


En segundo lugar, asumiremos que la práctica marcial tradicional no se basaba exclusivamente en ellas para su desarrollo combativo. Todo el entrenamiento desemboca finalmente en modelos abiertos de práctica combativa, es decir, en el combate libre o San Shou (散手), en el que no hay complicidad entre los combatientes, no hay nada predefinido y no hay parámetros reglados a los que someterse más que el control para evitar cualquier tipo de daño físico final, algo de lo que hablé en uno de los últimos post del blog.


LAS FORMAS EN NUESTRA ESCUELA

Aunque algunas escuelas definen las formas como la muestra final de nivel del alumno, en nuestra escuela, como en muchas otras escuelas hermanas, la muestra final de nivel es mucho más amplia y siempre con el San Shou como marco de referencia de la habilidad combativa desarrollada a lo largo del entrenamiento.


En nuestro programa, las formas constituyen el marco de contenidos técnicos que corresponden a cada nivel de práctica. La progresión va desde las formas más simples a las más complejas, según se va subiendo de nivel y adquiriendo las cualidades y habilidades necesarias para transferir sus contenidos a la realidad de la lucha.


Esta transferencia nunca es directa. Las técnicas que aparecen en las formas están planteadas a modo de manual conceptual y parametrizado de unas estructuras extremadamente complejas, estructuras que deben ser deconstruidas y adaptadas a la singularidad de cada luchador.


Insistimos en que, aunque el Wushu tradicional no es solo un sistema de defensa personal sino un camino artístico para la vida que incluye muchos otros elementos, el eje de sus propuestas de acción es indudablemente luchatorio y debe ser construido con eficacia como tal.

Nuestro programa establece dos Dàolù diferentes por cada nivel de progresión; uno de aprendizaje y otro de desarrollo de la forma aprendida en el nivel anterior. Aprendizaje y desarrollo son dos acciones que debemos diferenciar con claridad porque se corresponden con dos momentos diferentes de nuestra acción personal sobre estos conjuntos técnicos dinámicos.


LA PRIMERA ETAPA

Cuando aprendemos un Dàolù establecemos un primer modelo de aprendizaje basado puramente en la imitación de las referencias de nuestros profesores. Seguimos las indicaciones que nos da nuestro instructor y vamos compilando una serie de secuencias enlazadas con un principio y un final definido.


El eje de este aprendizaje inicial es puramente estructural, fundamentalmente abstracto y profundamente sensitivo. Esta etapa de memorización está incluida en un proceso complementario de desarrollo de cualidades, habilidades y conceptos que serán imprescindibles a la hora de interpretar, transferir y aplicar aquello que la forma contiene en su interior.



¿Y qué es lo que contiene la forma? A simple vista, parece bastante evidente que son propuestas de acción, movimientos que escenifican momentos determinados de la lucha. A la vez, vemos que estos movimientos aparecen en rangos muy amplios, con ritmos que no se asemejan para nada a las turbulentas fluctuaciones del combate, algo que le resta bastante credibilidad como conjunto técnico.


Para comprender esto, y sobre todo para apartarnos inicialmente de cualquier visión aplicativa directa de estas acciones, tenemos que profundizar más en los conceptos que la definen en su conjunto, conceptos globales que son mucho más que la suma de sus partes.


Los Dàolù son ejercicios para educar el movimiento corporal, para integrar la respiración en las diferentes fases del movimiento, para focalizar la mente en la línea de la acción realizada, para entrenar el cuerpo para que cubra con eficacia sus exigencias de realización, para acrecentar el espíritu combativo y su dinamismo y, a través de todo ello, para aprender a equilibrar la energía que se moviliza y transforma dentro de una ejecución aceptable del conjunto con grandes variables motrices.


Una serie de grandes objetivos y de profundidad significativa, que deben seguir un procedimiento de integración en nuestra práctica y que debemos matizar para comprender mejor su utilidad en el marco del entrenamiento marcial que proponemos.

Señalábamos antes que, en las primeras etapas del aprendizaje, tenemos una dependencia casi completa de nuestro profesor. Lo seguimos en su ejecución e intentamos registrar en nuestra memoria de trabajo todo aquello que él o ella realiza. Todo ello con la finalidad de reproducir por nosotros mismos los parámetros observados en su ejecución.


Este proceso demandará bastante a nuestra memoria de trabajo, también a nuestra memoria a corto plazo. En el momento en el que el profesor nos deja solos para que exploremos lo que hemos aprendido de nuestra observación, en ese momento crítico, nos encontraremos al borde de un precipicio lleno de dudas y de retos.


Estas dudas, estas cuestiones que surgen de esa separación, son como el primer llanto del recién nacido inmediatamente después de nacer. Es el momento en el que nace con fuerza una necesidad de aprendizaje más precisa, más densa y con más sentido para nosotros. Es cuando nuestra voluntad y nuestra observación se centran de una forma mucho más focalizada para darnos ese oxígeno de la comprensión que tanto demandamos en este preciso instante.


Paso a paso, vamos avanzando en este proceso, aumentando nuestra capacidad de ver, de comprender y de retener la información para comenzar a reproducirla por nosotros mismos.



Para esta etapa de desapego visual del profesor, transferimos nuestros parámetros al entorno en el que realizamos el ejercicio. No solo visualizamos la imagen del profesor realizando el segmento técnico que estamos aprendiendo, también registramos el espacio en el que se está realizando todo este proceso. Aunque esto ocurre de forma casi subconsciente, es fundamental al comienzo del aprendizaje puesto que nuestra ubicación espacial en el entorno nos permitirá fijar mejor las direcciones del movimiento, las líneas de los desplazamientos y la memorización unificada del conjunto.


En esta fase en la que comenzamos a andar en solitario, hacemos como el niño que comienza a dar sus primeros pasos: reconocemos el terreno por el contacto, gateamos conceptualmente para ir tocando, conociendo y familiarizándonos con un conjunto desconocido hasta ese momento.

Repetimos todo estos procesos de múltiples formas el tiempo que dure la primera adquisición del Dàolù. Una primera adquisición meramente estructural, que nos permitirá la imprescindible y deseada autonomía de realización sin tener que seguir a nadie.


Nuestra primera misión en solitario será practicar la forma en la misma ubicación y dirección en la que la aprendimos para, poco a poco, explorar su ejecución en lugares y direcciones de partida diferentes. Esta exploración es uno de los motores que generarán las nuevas cuestiones, las que mantendrán activa nuestra voluntad de seguir profundizando en el aprendizaje del Dàolù.


Son momentos de reflexión, de relacionar ideas, conceptos, cualidades y memorias que poco a poco se irán formando al unísono en el espacio consciente y subconsciente de nuestra mente. Vamos fijando alturas, posiciones, integrando la respiración, optimizando el movimiento y aumentando el ritmo de ejecución según la forma nos va pareciendo cada vez más familiar.


LA SEGUNDA ETAPA

La fase de desarrollo comenzará a partir de este punto de relativa autonomía. Un momento en el que somos independientes en la realización de la forma, apenas tenemos dudas respecto a las posiciones, las trayectorias de la acción, la dirección de los desplazamientos o el gesto respiratorio/sonido asociado a cada momento técnico del conjunto.


A partir de ese momento, de ese instante que nos será comunicado por el profesor o que sentiremos con gran intensidad, comenzamos a explorar de forma individualizada los diferentes segmentos de la forma para iniciar la fase de desarrollo e integración.


Se trata de desmontar la estructura unificada de la forma para ver sus partes antes de estudiar sus transformaciones y conexiones anteriores y posteriores. Cada una de sus partes es un modelo específico de acción, un modelo que se relaciona directa e indirectamente con el que le precede y con el que le sigue en su línea de ejecución completa.


Este estudio y práctica en su ejecución debe realizarse de forma bilateral por muchos motivos. Aunque en la forma muchos grupos técnicos se realizan en una única lateralidad, en el estudio de cada segmento tenemos que abordar los dos modelos de realización. El motivo más importante para ello es la necesidad de construir el movimiento en nuestro pensamiento en su esencia más precisa.


A partir de esa construcción, nuestra mente podrá realizar, por si sola, la reconstrucción de la estructura en una lateralidad que nunca había trabajado.


Este ejercicio, perturbador como pocos cuando se introduce por primera vez, nos pone frente a la realidad del movimiento de una forma difícil de sustituir.


Es el momento en el que nuestra propia mente se convierte en el maestro que tenemos que seguir interiormente para, a partir de su información, poder establecer todos estos elementos en su lateralidad complementaria. Nuestra mente observa, transfiere y finalmente ejecuta estos parámetros siguiendo exclusivamente su propia abstracción sobre lo que sabe de él en una de ambas lateralidades.


Esto nos permitirá comprender finalmente la esencia del movimiento en sus puntos clave de realización. Nos dará una gran cantidad de información sobre nuestra propiocepción y sobre nuestro sentimiento durante la acción desarrollada a diferentes velocidades.


Esta primera parte maravillosa del entrenamiento es toda descubrimiento. Es un esfuerzo lleno de la inmediata gratificación plena de sentido, aunque aún no hayamos tocado apenas el sentido aplicativo de la estructura.


En el siguiente post trataremos algunos de los siguientes pasos de este proceso global para ir desvelando el porqué y el cómo del Dàolù en la práctica tradicional del Wushu.


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