La lucha en suelo


«Nuestra mayor gloria no está en nunca caer, sino en levantarnos cada vez que caemos».

Confucio


Hay muchos factores que tener en cuenta cuando las circunstancias combativas se trasladan al piso. El suelo es un territorio hostil, exigente y peligroso cuando no sabemos cuales son sus reglas, cuáles son los riesgos inherentes por estar ahí plantados más tiempo del necesario.


Es importante comprender que este plano de combate no es voluntario, es decir, no lo buscamos en ningún tipo de escenario de lucha. Sin embargo, como todo en el combate real, la posibilidad de que caigamos en él es enorme y las circunstancias en las que hacemos esa transformación de plano, en la que tomamos contacto con el suelo, determinan muchos aspectos fundamentales de lo que le sigue en la lucha.



Por este motivo, es preciso que veamos los diferentes tiempos fundamentales del suelo dentro de un mismo marco de estudio, es decir, que asumamos que debemos saber llegar al suelo, movernos en el suelo, combatir desde el suelo y salir del suelo.


La regla numero uno es siempre hacerlo todo con el menor daño propio posible. Desde nuestra toma de contacto contra el suelo, solos, arrastrando a nuestro oponente, siendo arrastrados por él, con él encima, al lado, debajo, etc. Todos los presupuestos situacionales deben ser analizados y estudiados para enfocar correctamente los procedimientos de adaptación que tendremos que realizar en milésimas de segundos cuando la situación se nos tercie.


En este sentido, el apartado de caídas (Daodifa en las artes marciales chinas) es fundamental en el entrenamiento. Debemos saber caer directamente al suelo amortiguando con eficacia el impacto, girando nuestro cuerpo, rodando tras el contacto para dispersar la fuerza del golpe, resbalando, apoyándonos correctamente, etc.


También, estas caídas pueden ser con una parte de nuestro cuerpo sujeta por nuestro oponente, con una carga de empuje contra el suelo ejercida por él, con todo su peso sobre nosotros o, como decía antes, arrastrándonos en condiciones que nos dejarán en una mala posición en el suelo.

La regla numero uno es siempre hacerlo todo con el menor daño propio posible.

Ese será sin duda el siguiente paso en el time line luchatorio que hemos descrito de tiempos: la movilidad en el plano horizontal. Esta movilidad también estará supeditada a tener carga sobre nosotros, a ataques en diferentes ángulos y distancias, desde diferentes puntos, con opción o no de salida de ese plano de lucha, de espaldas, de lado, en pronación, con las rodillas replegadas, con las piernas estiradas, con sujeción de una parte del cuerpo, con obstáculos, con un suelo abrasivo, inmovilizados temporalmente, etc.


El entrenamiento de la caída y la movilidad en todos estos supuestos debe integrarse dentro de un marco funcional real que reproduzca estas circunstancias de forma no lesiva pero lo más próxima a la realidad. En este escenario de movilidad también rigen unas normas respecto a la posición, a los cambios de posición corporal, la guardia, la velocidad de las acciones, los ángulos de visibilidad, las circunstancias excepcionales y las limitaciones anteriormente citadas.

Debemos saber caer directamente al suelo amortiguando con eficacia el impacto

Una vez en el suelo y en un cuerpo a cuerpo tenemos que establecer las diferentes configuraciones corporales en las que se inicia la acción, las barreras naturales anatómicas que debemos superar para acceder a zonas que nos den ventaja para poder insertar las técnicas que nos permitan replantear el escenario a nuestro favor. Debemos ser capaces de operar con cierta efectividad en el suelo si los daños en la caída y la movilización así nos lo permiten.


La lucha en el suelo es dinámica, sensitiva, altamente intuitiva y desprovista de fugas a las que acceder con prontitud en muchos de sus supuestos. El suelo es brutal en ese sentido. No permite altos rangos de desplazamiento, pero nos da una ventaja en cuanto a los puntos de apoyo para determinadas acciones que nos pueden garantizar cierta ventaja temporal de escape o de finalización.



Es fundamental no confundir el juego luchatorio del suelo, destinado fundamentalmente a desarrollar todas estas habilidades, con la lucha real en la que seremos altamente vulnerables y en la que el riesgo que asumimos al estar allí aumentará en la medida en que sigamos manteniendo la posición sin lograr ventajas posicionales y acciones inmediatas resolutivas.


La capacidad de salir de ahí, de establecer un punto de fuga desde una posición correcta de movilidad, guardia y distancia vendrán determinadas por nuestra reacción ante la caída y por las circunstancias concretas en las que este marco queda configurado de forma específica en su momento exacto de ocurrencia.


Un cuerpo fuerte, con musculatura suficiente para amortiguar y para ejercer las palancas que el suelo nos tiene reservadas, será sin duda un elemento positivo más que sumar a nuestro arsenal para hacer frente a esta nueva situación. La capacidad de relajar y contraer mientras ejercemos los procedimientos oportunos en cada una de sus fases también jugará a nuestro favor cuando pocas cosas más lo hagan.

Todos los presupuestos situacionales deben ser analizados y estudiados para enfocar correctamente los procedimientos de adaptación

El suelo es un terreno fértil para la creatividad, pero tiene sus propias reglas, sus leyes inquebrantables, leyes implacables cuando las bases fundamentales no se conocen y no se dominan. Dominar el suelo comienza por aceptar el cambio que tendrá lugar en nuestro momento de combate y aceptar las dificultades inherentes a él. La velocidad en el entrenamiento de estos cambios, tanto de acceso como de salida, será otro punto fundamental que deberemos incluir en los diferentes ejercicios de flujo que este plano de acción nos exige.



Todo ello debe estar integrado en el conjunto de nuestro entrenamiento vinculando las reglas generales que, pese al cambio de plano y circunstancias, siguen irremediablemente vigentes en cuanto a lo que significa el estrecho contacto cuerpo a cuerpo con nuestro oponente.


A partir de ahí, la insistencia en el entrenamiento, el correcto vínculo con todos los otros estratos de la práctica y los ejercicios destinados a la mejora de las cualidades físicas y habilidades motrices, generales y específicas, serán los recursos que determinarán nuestro grado y nivel de lucha general en un modelo combativo integral.

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