Las sinergias de lo combativo



Definimos la defensa personal como «un sistema de técnicas marciales y protocolos de acción que incrementan nuestras posibilidades de salir sin menoscabo físico, o con el menor posible, de un combate físico por la supervivencia propia o de terceros inmediatos».


Debemos obligatoriamente vincular el concepto de «autodefensa» al de «Seguridad» ya que ambos van irremediablemente ligados en la línea de tiempo en la que pueden ocurrir los sucesos a los que ambos modelos pretenden dar respuesta.


Es preciso que veamos la técnica de autodefensa como el último eslabón de una cadena de sucesos en las que muchos elementos previos de seguridad han fallado. Por este motivo, cuando estamos estudiando exclusivamente la técnica combativa, estamos asumiendo la posibilidad de que nuestro modelo de seguridad no haya sido del todo efectivo.


Debido a esto, cuando tratamos de definir las bases de la autodefensa, resultaría apropiado insistir en todo el contexto de seguridad que rodea a determinados tipos de situaciones de riesgo; situaciones que, en última instancia, pueden requerir el uso inmediato de la fuerza, con armas o sin ellas. No estamos tratando exclusivamente del estudio y práctica de un conjunto de técnicas concretas para diferentes posibilidades de acción combativa, hay mucho antes y después de esto.


Muchas personas perciben la autodefensa como una serie de aplicaciones técnicas contundentes, aplicaciones que aparecen en demostraciones, o en películas, y que poco o nada tienen que ver con la realidad de un combate para sobrevivir. Si miramos detenidamente estas acciones, si las analizamos desde una perspectiva realista, no siempre son funcionalmente directas, es decir, rodean o descartan de forma injustificada soluciones que están muy al alcance de la mano.



En el caso de las artes marciales, podemos constatar que han evolucionado hacia una vía de transformación personal sobre una base de valores, un conjunto de creencias, un modelo filosófico y una voluntad determinada de imponer el espíritu humano a las pulsiones animales que heredamos de nuestros ancestros. Son un mecanismo de civilización del individuo que no descarta el potencial de violencia innato del ser humano, integrándolo como una parte más del Ser que debe ser cultivada, educada y sometida al reino de la razón.


En cierto sentido, la defensa personal ha seguido una evolución similar, compartiendo el origen, pero progresando en contextos diferentes, contextos que van desde el militar al policial, derivando en otros modelos de aplicación civil enfocados fundamentalmente a dotar de recursos técnicos, tácticos y estratégicos al ciudadano medio preocupado por su seguridad.

No estamos tratando exclusivamente del estudio y práctica de un conjunto de técnicas concretas

Ambos grupos no son incompatibles, personalmente creo que son sinérgicos cuando los objetivos de la práctica están definidos con claridad. La practicidad del concepto de autodefensa radica en su intención de equilibrar la balanza en situaciones asimétricas de combate, pero también en las medidas de prevención que establece. Algunas de estas medidas radican en un análisis detallado los posibles contextos reales de aplicación y en el estudio directo de la aplicación efectiva de estrategia y tácticas, tanto generales como específicas.


El entrenamiento habitual de la autodefensa suele incorporar todos estos factores. También, al igual que ocurre con la práctica marcial tradicional, incluye el entrenamiento funcional de las cualidades físicas básicas y de las habilidades motrices, generales y específicas. Todos estos elementos se han de combinar con el estudio de situaciones, el desarrollo de habilidades combativas y la inserción/automatización de patrones de acción realistas y directos.

Las artes marciales son un mecanismo de civilización del individuo que no descarta el potencial de violencia innato del ser humano, integrándolo como una parte más del Ser.

Para ello se utilizan diferentes estrategias de aprendizaje y desarrollo. Por ejemplo, algunos juegos luchatorios propios de los deportes de combate nos permiten afilar estas habilidades, nos permiten definir y automatizar el mantenimiento de una guardia no incitativa, de gestionar la entrada o salida de un conjunto de distancias, así como la aplicación de acciones ligadas a cada una de ellas.



Del mismo modo, el trabajo marcial intensivo, con repetición y mecanización de las bases técnicas combativas, nos aporta un potencial de respuesta de lucha muy superior al de la media de personas no entrenadas.



La persona decidida a incluir la defensa personal en su estructura de seguridad personal no es diferente a la persona que entiende la necesidad de vacunarse, de lavarse las manos o de ponerse el cinturón de seguridad. Es alguien que asume los riesgos reales de nuestra sociedad, que lee las noticias y que entiende que debe hacer algo en particular para estas situaciones, por desgracia, más habituales de lo deseable.


La seguridad de un estado de derecho con cuerpos de seguridad efectivos, como los que tenemos en nuestro país, no garantiza la supervivencia inmediata en una situación de riesgo extremo. Aunque nuestra sociedad es bastante segura en comparación a otras, sigue teniendo un vacío lógico de cobertura en lo inmediato ya que no podemos tener a un policía a nuestro lado todo el tiempo y en todas las situaciones


Podemos tomar cierta conciencia de esto en los gráficos que adjuntamos al final del artículo. Ir


Aunque la sociedad avanza con la mejora de la legislación, con el aumento de la seguridad policial con más agentes, con cámaras de seguridad, más educación, etc., esto no evita la realidad que nos ocupa hoy y a la que estos sistemas pretenden dar respuestas.


Estudiar un arte marcial es una vía para ganar potencial de autodefensa, esto es algo indiscutible, pero no podemos olvidar la deportivización sujeta a normas de puntuación de muchos sistemas marciales, incluidas las MMA, que hacen que una parte importante del entrenamiento esté enfocado a moverse dentro de estas reglas o normativas. Los sistemas más tradicionales y no deportivizados, pueden ofrecer soluciones más prácticas a la realidad de la calle, la que realmente nos puede caer encima como si se tratara de un accidente.



Sin embargo, también pueden caer en la falta de realidad combativa del entrenamiento deportivo; el timing de combate debe ser alto y esto nos lo pueden proporcionar sin lugar a dudas estas modalidades regladas de combate. Hay muchos sistemas que centran excesivamente el aspecto combativo en modelos de gran complicidad de los oponentes, modelos que se mueven en un entorno de ideas y no evidencias de confrontación real contextualizada en base a la sociedad y tiempo específico en el que vivimos.


Encontrar el camino intermedio que aúne la efectividad de la tradición sin florituras con la experiencia combativa directa que nos aporta lo deportivo es uno de los retos que los métodos de autodefensa asumen al intentar construir nuestra seguridad.


En ningún caso se trata de implementar un modelo de combate extremo, que puede convertir el entrenamiento en una fuente inagotable de lesiones y riesgo físico. Es aquí en lo que la defensa personal no puede ni debe caer para garantizar su potencial de acción efectiva para los objetivos que persigue.

La practicidad del concepto de autodefensa radica en su intención de equilibrar la balanza en situaciones asimétricas de combate

Se le exige afinar entre estos dos hándicaps: mantener la intensidad que nos permiten los modelos deportivos pese a lo limitante de sus normas de seguridad y, también, abarcar la realidad de las acciones finales que contienen los sistemas tradicionales, pese a la falta de intensidad de unos modelos de acción que exigen mucha complicidad o que se pierden en acciones que tienen otras finalidades menos directas (entiéndase el eufemismo).


Esto puede lograrse con un entrenamiento bien equipado, con una formación progresiva que permita el autocontrol, que no se centre excesivamente en el juego luchatorio o de dominio en detrimento de las acciones que resuelven inmediatamente la situación, incluso aquellas que pueden parecernos realmente extremas.


Otro de los grandes objetivos de estos métodos consiste en aplicar el entrenamiento, tanto el físico como el psicológico, en términos puramente funcionales. Esta funcionalidad se puede desarrollar dentro de diferentes protocolos de acción que apunten de forma certera y sin prejuicios la realidad de los supuestos estudiados.


No podemos olvidar que las situaciones a las que apuntan todos los sistemas de defensa personal son situaciones de agresión recibida, es decir, personas que intentan dañarnos con violencia. Hay barreras que hay que disolver para poder sobrevivir y, en cada caso, debemos ser conscientes de la proporcionalidad de nuestras acciones para no agravar la situación.


Tener en cuenta todos estos factores puede resultar fundamental para que no se desvirtúen los objetivos primarios y secundarios de la autodefensa. Si los aplicamos con inteligencia y efectividad podremos aprovechar todo el potencial sinérgico de los deportes de contacto y de las artes marciales tradicionales en el contexto de uso que pretendemos.


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