SINERGIAS ENTRE AUTODEFENSA Y ARTES MARCIALES

Decía Sócrates que la sabiduría comienza con la definición de los términos. Abordar un análisis de algo tan complejo como un combate de supervivencia requiere que apliquemos esta norma sin barreras y de la forma más escrupulosa posible, sobre todo si queremos estudiarlo desde dos ámbitos diferentes como son las artes marciales y los sistemas de defensa personal.


En nuestra escuela definimos a la defensa personal como «un sistema de técnicas marciales y protocolos de acción que incrementan nuestras posibilidades de salir sin menoscabo físico, o con el menor posible, de un combate físico por la supervivencia propia o de terceros inmediatos». Debemos obligatoriamente vincular el concepto de «Autodefensa» al de «Seguridad» ya que ambos van irremediablemente ligados en la línea de tiempo en la que pueden ocurrir los sucesos a los que ambos modelos pretenden dar respuesta.



También debemos ver la técnica de autodefensa como el último eslabón de una cadena de sucesos en las que muchos elementos previos de seguridad han fallado. Es lícito pensar que cuando estamos estudiando exclusivamente la técnica estamos asumiendo la posibilidad de que nuestro modelo de seguridad haya fallado desde el principio hasta el final.

Defensa personal: sistema de técnicas marciales y protocolos de acción que incrementan nuestras posibilidades de salir sin menoscabo físico, o con el menor posible, de un combate físico por la supervivencia propia o de terceros inmediatos.

Debido a esto, cuando tratamos de definir las bases de la autodefensa, debemos hacer mucho hincapié en todo el contexto de seguridad que rodea a determinados tipos de situaciones, situaciones que en última instancia pueden requerir el uso inmediato de la fuerza a mano vacía o con armas. No estamos hablando exclusivamente del estudio y práctica de un conjunto de técnicas concretas para diferentes posibilidades de acción combativa.


Es muy habitual que lo que los profanos en las artes marciales entienden como autodefensa quede relegado a algunas imágenes de aplicaciones técnicas contundentes, aplicaciones que aparecen en demostraciones o en películas y que poco o nada tienen que ver con la realidad de un combate para sobrevivir. Si miramos detenidamente estas acciones, si las analizamos desde una perspectiva realista, no siempre son funcionalmente directas, es decir, rodean o descartan de forma injustificada soluciones que están muy al alcance de la mano.



Las artes marciales han evolucionado hacia una vía de transformación personal sobre una base de valores, un conjunto de creencias, un modelo filosófico y una voluntad determinada de imponer el espíritu humano a las pulsiones animales que heredamos de nuestros ancestros. Son un mecanismo de civilización del individuo que no descarta el potencial de violencia innato del ser humano, integrándolo como una parte más del Ser que debe ser cultivada, educada y sometida al reino de la razón.


La defensa personal ha seguido una evolución similar saliendo de los mismos orígenes, pero progresando en contextos diferentes, desde el militar al policial, derivando en modelos de aplicación civil enfocados fundamentalmente a dotar de recursos técnicos, tácticos y estratégicos al ciudadano medio preocupado por su seguridad.


Ambos grupos no son incompatibles; personalmente creo que son sinérgicos si se tiene claro lo que se busca en cada caso. La practicidad del concepto de defensa personal radica en su intención de equilibrar la balanza en situaciones asimétricas de combate, pero también en las medidas de prevención que establece, en el análisis de los contextos reales de aplicación y en el estudio directo de aplicación de estrategia y tácticas, tanto generales como específicas.


El entrenamiento de la autodefensa debe tener todos estos factores en cuenta. La necesidad de mejorar nuestras cualidades físicas básicas y nuestras habilidades motrices, generales y específicas, se han de combinar con el estudio de situaciones, el desarrollo de habilidades combativas e inserción/automatización de patrones de acción realistas y directos.

Las artes marciales son un mecanismo de civilización del individuo que no descarta el potencial de violencia innato del ser humano, integrándolo como una parte más del Ser que debe ser cultivada, educada y sometida al reino de la razón.

Algunos juegos luchatorios nos permiten afilar estas habilidades, nos permiten definir y automatizar el mantenimiento de una guardia no incitativa, de gestionar la entrada o salida de un conjunto de distancias así como la aplicación de acciones ligadas a cada una de ellas. Otros estudios técnicos específicos nos muestran cómo podemos articular unos principios de base a múltiples situaciones posibles partiendo de una misma idea nuclear.



El trabajo intensivo de repetición y mecanización de las bases técnicas nos aporta un potencial de respuesta de lucha muy superior al de la media de personas no entrenadas y justifica de por sí su abordaje, sobre todo cuando tratamos de dotarnos a nosotros mismos de una seguridad amplificada.


La persona decidida a incluir la defensa personal en su estructura de seguridad personal no es diferente a la persona que entiende la necesidad de vacunarse, de lavarse las manos o de ponerse el cinturón de seguridad. Es alguien que asume los riesgos reales de nuestra sociedad, que lee las noticias y que entiende que debe hacer algo en particular para prever estas situaciones, por desgracia, más habituales de lo deseable.


La seguridad de un estado de derecho, con cuerpos de seguridad efectivos como los que tenemos en nuestro país, no garantiza la supervivencia inmediata en una situación de riesgo extremo. No tenemos a un policía a nuestro lado todo el tiempo y en todas las situaciones. Tenemos que afrontar la idea de que, aunque nuestra sociedad es bastante segura en comparación a otras, sigue teniendo el vacío de cobertura en lo inmediato, en lo doméstico, en lo habitual. Podemos tomar cierta conciencia de esto en los gráficos que adjuntamos al final del artículo.

El practicante de Defensa Personal es alguien que asume los riesgos reales de nuestra sociedad, que lee las noticias y que entiende que debe hacer algo en particular para prever estas situaciones

Podremos mejorar nuestras leyes, aumentar la seguridad policial con más agentes, cámaras de seguridad, más educación, etc., pero esto no evita la realidad que nos ocupa hoy y para la que estos sistemas pretenden dar respuestas.


Estudiar un arte marcial es una vía para ganar potencial de autodefensa, esto es algo indiscutible, pero no podemos olvidar la deportivización sujeta a normas de puntuación de muchos sistemas marciales, incluidas las MMA, que hacen que una parte importante del entrenamiento esté enfocado a moverse dentro de estas reglas o normativas.


Los sistemas más tradicionales y no deportivizados, por esta falta de contención normativa, pueden ofrecer soluciones más prácticas a la realidad de la calle, la que realmente nos puede caer encima como si se tratara de un accidente. Sin embargo, también pueden caer en la falta de realidad combativa del entrenamiento deportivo; el timing de combate debe ser alto. Hay muchos sistemas que centran excesivamente el aspecto combativo en modelos de gran complicidad de los oponentes, modelos que se mueven en un entorno de ideas y no evidencias de confrontación real contextualizada en base a la sociedad y tiempo específico en el que vivimos.

La practicidad del concepto de defensa personal radica en su intención de equilibrar la balanza en situaciones asimétricas de combate

No apostamos por un modelo de combate extremo que convierta el entrenamiento en una fuente inagotable de lesiones y riesgo físico. Es aquí en lo que la defensa personal no puede ni debe caer para garantizar su potencial de acción efectiva para los objetivos a los que se enfrenta. Debe afinar entre estos dos hándicaps: mantener la intensidad que nos permiten modelos deportivos pese a lo limitante de sus normas de seguridad y, también, abarcar la realidad de las acciones finales que contienen los sistemas tradicionales pese a la falta de intensidad de unos modelos de acción que exigen mucha complicidad.


Esto puede lograrse con un entrenamiento bien equipado, formación progresiva que permita el autocontrol, no centrarse en el juego luchatorio, o de dominio, en detrimento de las acciones que resuelven inmediatamente la situación, incluso aquellas que pueden parecernos realmente extremas. Aplicar el entrenamiento físico en términos puramente funcionales y el psicológico dentro de protocolos de acción que apunten de forma certera y sin prejuicios la realidad de los supuestos a los que nos enfrentamos.


No podemos olvidar que las situaciones a las que apuntan todos los sistemas de defensa personal son situaciones de agresión recibida, es decir, personas que intentan dañarnos con violencia. Hay barreras que hay que mantener bajadas para poder sobrevivir y, en cada caso, debemos ser conscientes de la proporcionalidad de nuestras acciones.


Insistir en esto es clave para que no se desvirtúen los objetivos primarios y secundarios de la seguridad y la defensa personal en su conjunto y, también, para poder aplicar con inteligencia y efectividad todo el potencial sinérgico de los deportes de contacto y las artes marciales tradicionales al contexto de seguridad y el marco de la autodefensa.




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