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El Qiecuo del Kung Fu tradicional


El cine de artes marciales nos ha regalado escenas memorables. Algunas de ellas combinan la historia y la fantasía de una forma tan convincente que hacen que tengamos dudas sobre si lo que estamos viendo en la pantalla tiene algo que ver con la realidad histórica de las artes marciales o es solo una construcción cinematográfica.


La antigüedad y profundidad de la práctica marcial china ha quedado más que demostrada en numerosos estudios académicos. Pese a ello, se han mantenido en el tiempo algunas narrativas increíbles (transmisión oral, novelas, etc.) que han provocado un cierto grado de desconfianza respecto a sus refinadas premisas marciales. Basta ver una película de los SB del Hong Kong de los años 80, con sus movimientos sonorizados, sangre falsa y pelucas postizas, para que toda una cultura marcial llena de profundidad y riqueza caiga de golpe en lo que parece un absurdo espectáculo digno de burla o incredulidad.


Desde diversos campos de la investigación histórica, se ha realizado un análisis crítico de numerosas fuentes documentales y arqueológicas fidedignas para hacer frente a la narrativa vernácula/literaria que inventa mitos e historias, como las 36 cámaras de Shaolín o los inmortales de Wudang. Nos cuentan que el fenómeno marcial del Wushu, a lo largo de su historia, ha mantenido un continuo proceso de ensayo/error combativo que le ha permitido refinarse continuamente. Las causas de este estado de examen permanente son tanto las circunstancias sociales y políticas de cada época, como los propios mecanismos adaptativos internos, no solo del Wulin[1], sino de todo el Jianhu[2] con el que el Wushu tradicional estaba íntimamente relacionado.


Y esto ha sido así siempre. Desde los primeros combates probatorios registrados durante las dinastía Xia y Zhou (c. 2000 - 256 a.C) como el Jiao Di (una forma primitiva de lucha) y el Jiao Li (concursos combativos públicos) utilizados para demostrar fuerza y habilidad en contextos predominantemente militares, hasta el Xiang Bo (combate mutuo) y duelos desarmados de los reinos combatientes (c. 239 a.C.). Continuó durante la Dinastía Song (960–1279) manteniéndose esta tendencia hacia los combates pactados, un modelo de duelo que dio lugar a las primeras plataformas elevadas (Lei Tai), también utilizadas por algunas escuelas como escenario para sus exámenes de nivel.


El fenómeno evolutivo del «duelo comparativo» se mantuvo posteriormente en las dinastías Ming y Qing, aunque con una serie de modificaciones que convirtieron el fenómeno en algo más que una prueba de potencialidad de estilos y maestros. Esta larga trayectoria histórica ha hecho que, el reto al combate (Qiēcuō - 切磋), haya llegado a convertirse en una verdadera seña de identidad de todo el Kung Fu que conocemos hoy en día.

El fenómeno evolutivo del «duelo comparativo» se mantuvo posteriormente en las dinastías Ming y Qing

Un conocimiento preciso del funcionamiento y reglas de este fenómeno nos ayudará a entender mejor algunas de las similitudes y tendencias evolutivas, tanto técnicas como tácticas y estratégicas, presentes en muchos de los estilos actuales (en especial los del sur de China). Veremos cómo el «Qiēcuō» ha cambiado y propiciado múltiples variantes estilísticas, generando diversas interpretaciones de conceptos nucleares que ya habían quedado fijados antes del siglo XVII. También, comprenderemos mejor por qué se alinean en las escuelas modernas elementos éticos y morales, vinculados con el confucianismo, con esta forma de confrontación pactada.


¿Qué significa Qiēcuō?

La palabra Qiēcuō tiene un origen poético y académico, no militar. Proviene del Shijing (Clásico de la poesía, c. 1000 a.C.). Está compuesta por los dos siguientes caracteres:


  • Qie (切): Cortar (como se corta el hueso o el cuerno).

  • Cuo (磋): Limar o pulir (como se trabaja el jade o la piedra).


Se trata de una forma de ritual combativo que permitía la intensidad marcial sin derivar en una forma de violencia sin límites como la de los Bèimò (比武), sobre el que estamos preparando una próxima entrada en este mismo blog.


La solemnidad del ritual recordaba constantemente a los participantes que estaban involucrados en un proceso de refinamiento cultural, no en una mera demostración de salvajismo y agresión. Esta distinción era fundamental para que las artes marciales mantuvieran su estatus como herramienta de educación moral y cultivo personal (lo que conocemos como Wude - 武德), que anteponía el respeto, la humildad y la integridad a la mera demostración de fuerza. Este espíritu de refinamiento mutuo se manifestaba en distintas categorías de duelo, adaptadas a la situación y al estatus de los contendientes. Las dos principales eran:


  • Wen Dou: A menudo practicado por maestros veteranos que ya no tenían nada que demostrar. En lugar de intercambiar golpes, se sentaban a compartir un té mientras charlaban sobre problemas técnicos y soluciones planteadas por uno u otro. La victoria se decidía por la profundidad del conocimiento, el respeto y la lógica estratégica, sin que llegasen a combatir físicamente.

Ejemplo cinematográfico en la película The Grandmaster
  • Wu Dou: Implicaba combate, pero siempre controlado. En estilos del sur como el Hung Gar, se comenzaba cuando los dos oponentes extendían sus antebrazos hasta que entraban en contacto (establecían los puentes). A través de esa única conexión, un maestro experimentado podía leer la tensión muscular, el equilibrio, la estructura y la intención de su rival. A veces, el duelo terminaba en ese preciso instante. Si un maestro sentía la superioridad en el puente de su oponente, podía retirarse con una frase respetuosa que ayudase a mantener el prestigio de ambos, aunque con las ideas claras respecto a la posición jerárquica de uno sobre el otro.

Ejemplo cinematográfico en la película Yip Man
El «Qiēcuō» ha cambiado y propiciado múltiples variantes estilísticas, generando diversas interpretaciones de conceptos nucleares que ya habían quedado fijados antes del siglo XVII.

¿De dónde surge el fenómeno?

Durante las dinastías Ming y Qing, la supervivencia de un arte dependía en cierta medida de su capacidad para evolucionar a través del intercambio con otras escuelas. Los maestros eran mantenidos por sus alumnos y requerían de un número considerable de estos para poder subsistir dedicándose exclusivamente a la docencia marcial. Esto hacía que su reputación, Mianzi (面子), y la eficacia de sus propuestas marciales fuesen determinantes en la subsistencia del maestro y, por ende, del estilo que representaba.


Las comunidades de maestros, arraigadas en territorios concretos, coexistían con un grado limitado de intercambio entre escuelas. Este contacto estaba regulado por normas implícitas de respeto mutuo, leyes que debían observarse con rigor para poder continuar ejerciendo la enseñanza pública. La imagen idealizada de una convivencia armónica, guiada por los principios del Wǔdé, responde más a una reconstrucción posterior que a la realidad histórica. En la práctica, ese equilibrio se sostenía sobre la intervención directa del Estado.


El gobierno Qing penalizaba con extrema severidad cualquier desenlace fatal producido en encuentros combativos civiles, especialmente aquellos promovidos entre escuelas.


El artículo 290.1 del Dà Qīng Lǜ Lì establecía que toda persona que causara la muerte de otra durante una reyerta, ya fuese mediante el uso de puños, pies o armas, sería condenada a muerte por estrangulamiento. La legislación apenas admitía gradaciones en esto. Incluso el homicidio no intencional podía derivar en la pena capital. Esto convertía cualquier forma de combate acordado en un riesgo legal imposible de asumir por ninguna de las dos partes.


Bajo esta presión, comenzaron a cristalizar normas orientadas a regular este tipo de combates, que acabaron siendo un asunto privado y/o clandestino, aunque la finalidad probatoria entre maestros no era ya el único objetivo de los encuentros. También, representaban una forma de acceder desde el exterior a una comunidad marcial, es decir, un protocolo para legitimar o negar la entrada a quienes aspiraban a enseñar o difundir un sistema determinado. Estas reglas protocolarias sobre el combate no solo validaban el arte a título privado, sino que protegían a las escuelas frente a riesgos externos, funcionando como verdaderos filtros internos de reconocimiento y autoridad.


Ejemplo cinematográfico en la película Yip Man

Además de los motivos que hemos visto hasta ahora, se daba el caso de algunos individuos que acudían a desafiar a los maestros sin propósito alguno de fundar escuela o de ser admitidos en el Wulin. Muchos de estos visitantes (retadores) solían ser hombres jóvenes sin tierras, sin educación formal y sin perspectivas de ascenso dentro del rígido orden confuciano. Los llamaban Guanggun, «palos desnudos», que era algo así como referirse a ellos como hombres sin las «ramas» de una esposa, hijos o propiedades que los anclaran a la estructura social. Para estos individuos marginados, el dominio de la violencia se convirtió en una forma de forjar una identidad pública por la fuerza.


Ejemplo cinematográfico en la película Yip Man

¿Qué elementos componían el ritual?

Como hemos mencionado anteriormente, el encuentro solía ser privado o semiprivado por norma general; a menudo realizado dentro de la escuela, Wushuguan (武館) o en la trastienda de un negocio. Se iniciaba con la visita del maestro retador que mostraba su intención de probar haciendo el saludo Bàoquán lǐ (抱拳禮). El saludo estándar solía ser con el puño derecho cerrado cubierto por la palma izquierda abierta, indicando con ello que se venía en son de paz.

el encuentro solía ser privado o semiprivado por norma general; a menudo realizado dentro de la escuela o en la trastienda de un negocio.

Si se invertían las manos (puño izquierdo cubierto por palma derecha o viceversa de forma incorrecta), se podía interpretar como una señal de duelo a muerte o de intenciones hostiles, rompiendo de inmediato la etiqueta del Qiēcuō . En este, cuando se llegaba al contacto físico, se mantenía la regla explícita que articulaba todo el combate: Dian Dao Wei Zhi (点到为止). Esto significaba que se podían lanzar ataques a zonas letales (ojos, garganta, ingle), pero que el golpe debía detenerse justo al tocar la piel o milímetros antes.


El combate terminaba cuando uno de los dos reconocía que el otro había logrado una acción que, en una pelea real, habría sido fatal. Ambos sonreían mostrando amabilidad, retrocedían y el combate cesaba. La frase de despedida era tan importante como el inicio del encuentro. Aunque uno hubiera perdido claramente en la privacidad del encuentro, el protocolo dictaba que públicamente el ganador declarara algo como: «Fue un empate, el Maestro tiene una técnica excelente». Esto permitía al perdedor mantener sus alumnos y su negocio, mientras que el ganador establecía su dominio en la jerarquía interna, pero sin crearse un enemigo mortal.


Realidad y crítica actual

En muchos contextos del Wushu moderno se critica este método como una anacronismo arcaico, que no es más que un teatro de poses en el que ninguno de los contendientes muestra realmente el poder de su técnica. Esta afirmación presenta evidentes argumentos lógicos, pero yerra por completo y muestra un claro desconocimiento del sentido y finalidad de esta forma de hacer las cosas.


Los detractores suelen confundir la mera capacidad de agresión con la verdadera eficacia. La capacidad de dañar es común (cualquier salvaje puede hacerlo), pero la capacidad de no dañar teniendo la oportunidad de hacerlo no está al alcance de cualquiera, requiere un enorme grado de maestría y de humanidad. Por desgracia, esto casi se ha perdido en el contexto deportivo del combate. Hemos normalizado y aceptado eso de seguir golpeando a alguien en la cabeza cuando está inconsciente en el suelo. Se mantiene el argumento de que, mientras el árbitro no pare el combate, se debe seguir provocando daños al cerebro de un oponente indefenso. Quizá no seamos conscientes del significado profundo de esto, pero muestra algo que la propia evolución de las artes marciales superó con creces hace ya cientos de años.


Hablar de anacronismo sobre algo que no se entiende es muy habitual en algunos círculos de los deportes de contacto modernos, sin embargo, es preciso reivindicar fórmulas como el Qiēcuō que, aunque implican una confrontación real, siguen sujetas a un código de conducta humano muy superior al de cualquier reglamento absurdo, diseñando más para el espectáculo que para la verdadera seguridad de los luchadores. La propia naturaleza contenida y de protecciones de los deportes de combate modernos contradice precisamente su propia crítica y muestra que, de algún modo, la modernidad comprende los riesgos que se asumen cuando dos personas se enfrentan físicamente.


Este enfrentamiento, deportivo o privado, nunca debería alimentar las emociones negativas que el artista marcial intenta contener, controlar y dominar a través de su entrenamiento diario. Permitir que las técnicas se expresen por completo, pero exigiendo el control último del daño es una muestra de la importancia del factor humano en el arte, sobre todo cuando se trata de hacerlo evolucionar y de dotar al encuentro de un valor que trascienda los egos y las emociones destructivas para la persona. Es una fórmula hacia el futuro para que el arte siga mejorando, puliéndose y generando las amistades y el amor que deben construir los cimientos de cualquier comunidad como la nuestra. Seguiremos aprendiendo del pasado todas estas lecciones atemporales.


[1] Wulin (武林 - «bosque marcial»): La comunidad de artistas marciales propiamente dicha, las escuelas, sectas y practicantes del arte del combate

[2] Jianghu (江湖 - «ríos y lagos»): Comunidad que incluye artistas marciales, bandidos, mendigos, comerciantes, posaderos y cualquiera que opere fuera o en los márgenes de la sociedad convencional. Históricamente, jianghu podía referirse a una forma de vida alejada de los círculos del poder político, casi como la vida de un ermitaño

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