¿Para muestra un botón? Entrada Nº2
- Francisco J. Soriano

- hace 4 días
- 8 Min. de lectura

Basado en evidencia «científica»
Vivimos en la era de las certificaciones «basadas en evidencia». Exigimos que todo, desde nuestra dieta hasta el ejercicio, tenga un respaldo científico riguroso. En nuestro sector los titulares son constantes: «El Taijiquan previene caídas», «El BJJ reduce la ansiedad» o «El Boxeo posee el golpe más potente». Sin embargo, el problema de fondo, tal y como señalamos en la entrada anterior, es que estos estudios ignoran la naturaleza misma del «fenómeno marcial» metiendo en el mismo saco de estudio a disciplinas tan diferentes como las tres que acabamos de citar.
La sociedad sigue sin aceptar que la práctica marcial no es, ni podrá ser nunca, un deporte; confundir ambos es quizá el primer error de categoría fundamental. Mientras el deporte simula un «duelo social» pactado, con reglas de igualdad y seguridad, el arte marcial se configura, en esencia, como una operativa multimodal para sobrevivir al caos absoluto de la violencia asocial o depredadora, tal y como distingue el experto Rory Miller en su obra sobre la dinámica de la violencia Meditations on Violence.
"El contexto lo es todo. Una técnica o estrategia que es salvadora en un contexto (un torneo deportivo) puede ser un suicidio en otro (una agresión criminal). Entrenar para un duelo social es fundamentalmente diferente a entrenar para la violencia asocial; confundir ambos es el error más peligroso que puede cometer un artista marcial." — Rory Miller
Este contexto de destino (caótico, volátil, impredecible y complejo) convierte a las artes marciales en un sujeto de estudio terriblemente escurridizo para la ciencia estandarizada. Al intentar meter el caos de un enfrentamiento real en un laboratorio, los investigadores caen inevitablemente en lo que Nassim Taleb denomina la «falacia lúdica»: la ilusión de creer que las métricas obtenidas en un entorno controlado y con reglas (como un juego o un deporte) pueden predecir el rendimiento en un entorno salvaje donde las reglas no existen.
el arte marcial se configura, en esencia, como una operativa multimodal para sobrevivir al caos absoluto de la violencia asocial o depredadora
Más allá de la teoría expuesta, existen otras causas concretas que invalidan los métodos habituales. A continuación, exponemos las grietas que consideramos más alarmantes de este modelo de investigación, sesgado hacia lo deportivo, que la academia sigue perpetuando.
Empecemos por un problema global evidente: el tamaño de la muestra (la «n»). La ciencia exige un gran número de participantes para que los resultados tengan potencia estadística (detectar un efecto real) y sean generalizables (aplicables a la población). La investigación marcial casi nunca cumple este requisito básico. Algunos estudios populares rozan la ridiculez metodológica cuando revisamos el número de sujetos utilizados. Un ejemplo claro son las comparativas de tiempos de reacción entre karatekas y taekwondistas realizadas con 12 personas de un grupo y 10 del otro, todos reclutados en el mismo gimnasio universitario. Sin entrar siquiera en los procedimientos de medición, que por sí mismos darían para otro artículo, calificar esto de «estudio» parece una broma por muy serios que parezcan sus autores.
Nuestra crítica no se dirige a la investigación en sí, cuyo propósito es casi siempre loable, sino a la falta de realismo en los cimientos de los planteamientos. En términos logísticos, resulta una quimera pretender reunir a 500 cinturones negros de Kárate o Taekwondo que compartan, no ya la edad o el peso, sino una metodología de entrenamiento idéntica y diez años de experiencia ininterrumpida.

El error fundamental reside en tratar el grado marcial como si fuera una unidad de medida estandarizada, similar a un grado Celsius o un miligramo. La realidad es que un «cinturón negro» obtenido en una franquicia comercial (McDojo) o en un «complejo turístico marcial», de los muchos que hay en China, no es equiparable a un discipulado real (no comercial, de los que también abundan ejemplos) forjado en una escuela tradicional y reconocido por un maestro. Al ignorar esta heterogeneidad, la variable se contamina desde el inicio.
Nuestra crítica no se dirige a la investigación en sí, cuyo propósito es casi siempre loable, sino a la falta de realismo en los cimientos de los planteamientos.
Ante esta imposibilidad logística, muchos investigadores recurren al muestreo por conveniencia, que consiste en conformarse con los alumnos que tienen a mano en su facultad o gimnasio local. Resulta incomprensible que la academia siga validando estudios donde la muestra es tan raquítica que invalida cualquier hallazgo a priori. Pese a ello, se siguen publicando trabajos con «resultados no significativos» o conclusiones irrelevantes que, lejos de aportar evidencia, solo certifican la debilidad estadística del propio diseño. Pese a esta realidad, incluso si dispusiéramos de una muestra de mil personas, el estudio seguiría fracasando de antemano por otros múltiples motivos. Quizá el más relevante sea que el propio término «arte marcial» sigue siendo una variable terriblemente confusa. Veamos a qué nos referimos.
Supongamos que queremos comparar algo tan inmaterial como la «agresividad influida» en practicantes de Kung Fu externo y Kung Fu interno, tomando para ello alumnos de una escuela de Hung Gar Kuen y de una de Taijiquan. Sin entrar en la imposibilidad de obtener muestras significativas, ¿alguien puede decirnos qué estaríamos midiendo realmente? ¿Medimos el impacto emocional de un maestro de Kung Fu estricto y militar frente a un maestro de Taijiquan con un enfoque filosófico y pacífico? ¿Impactaría del mismo modo en personas con personalidades, temperamentos, coeficiente intelectual o culturas diferentes? ¿Estaríamos midiendo desde esa muestra a la generalidad de los practicantes de Hung Gar, asumiendo el estilo como algo estable y unificado? La respuesta no puede ser otra que una rotunda negación.
Resulta incomprensible que la academia siga validando estudios donde la muestra es tan raquítica que invalida cualquier hallazgo a priori.
Imaginemos otra situación en la que un grupo de Hung Gar entrena cinco días a la semana con sparring de contacto pleno, mientras que otro de Taijiquan entrena dos días enfocándose en las formas. Si el grupo de Hung Gar resulta más «efectivo» en utilidad combativa, es bastante probable que no se deba necesariamente al arte sino al tipo, la intensidad y la frecuencia del entrenamiento. Agrupar todo bajo la etiqueta «Kung Fu» resulta absurdo cuando existen cientos de estilos y variantes con metodologías, filosofías y estructuras absolutamente distintas. Un buen diseño científico requiere, ante todo, aislar la variable. En las artes marciales es imposible separar el arte de la naturaleza filosófica de la disciplina, de la pedagogía del instructor o de la intensidad de la práctica. Lo sentimos, pero es así.

Otro error habitual en estos intentos de estudiar el fenómeno marcial es el sesgo de autoselección, un fallo lógico que invalida gran parte de la investigación psicológica en el sector. Tomemos como ejemplo un estudio que asegura que los cinturones negros de BJJ con una década de experiencia son más tranquilos, disciplinados y resilientes que la población general. La conclusión suele ser: «El BJJ te hace disciplinado y tranquilo». No sabemos quién financia o promueve estos titulares, pero el interés en vender esta narrativa es manifiesto.
¿No podría ser que las personas impulsivas, indisciplinadas y con baja tolerancia a la frustración abandonaran en los primeros seis meses de entrenamiento y que los que han quedado ya tienen algo de esto que se atribuye a la práctica? Hablamos probablemente del 90% de los que empezaron. El estudio no demuestra que el BJJ mejore la disciplina, sino que existe una correlación entre tener una personalidad disciplinada y ser capaz de soportar una década de entrenamiento con un cierto grado de dureza física y mental. Creemos que, en realidad, se trata de un filtro de personalidades y no una fábrica de ellas. Para probar la causalidad tendríamos que tomar a mil personas al azar y obligar a la mitad a hacer BJJ durante diez años, algo verdaderamente imposible.
En las artes marciales es imposible separar el arte de la naturaleza filosófica de la disciplina.
Las divergencias entre estudios sobre la relación entre práctica marcial y agresividad no se deben tanto a la naturaleza de las disciplinas como a la calidad metodológica de las investigaciones. Revisiones recientes publicadas en Aggression and Violent Behavior señalan que muchos trabajos presentan limitaciones graves: muestras reducidas, ausencia de grupos de control, falta de seguimiento longitudinal y escasa atención al contexto cultural y pedagógico (Lafuente, Zubiaur y Gutiérrez-García, 2021; Harwood, Lavidor y Rassovsky, 2017). Estos defectos generan resultados contradictorios y dificultan la interpretación global.
Lafuente et al. (2021) destacan que la calidad metodológica de la mayoría «no es óptima», lo que obliga a una lectura prudente. Harwood et al. (2017), por su parte, advierten que la investigación no suele distinguir entre diferentes formas de artes marciales, ignorando que los efectos psicológicos varían profundamente entre estilos tradicionales y disciplinas modernas de combate.
Estas revisiones coinciden en que variables como la cultura del entorno, la influencia del instructor o la orientación ética actúan como mediadores críticos. Incluso, algunas de ellas critican de forma bastante incisiva los diferentes estudios sobre el concepto de efectividad asumiendo la indefinición del término y las dificultades que entraña un estudio basado en algo tan inespecífico.

Un estudio debe definir exactamente qué mide, proceso conocido como «operacionalizar la variable». Cuando hablamos de efectividad debemos precisar a qué nos estamos refiriendo. ¿Nos referimos a la salud, al rendimiento o al marco de la autodefensa? Si bien la mejora cardiovascular o la velocidad de reacción son medibles en contextos seguros, la irrupción del factor emocional (el miedo, la adrenalina) altera por completo estos parámetros. La autodefensa real es imposible de replicar con precisión en un laboratorio, por más supuestos que se planteen. Como sentencia Miller:
«La realidad de la violencia no se ajusta a lo que sucede en el dojo. En el dojo, la respuesta es técnica; en la realidad, la respuesta es fisiológica y psicológica antes de ser física».
Ante la pregunta de si una técnica funciona en una situación de defensa personal real (caótica, aterradora, sin reglas y con adrenalina), ¿qué puede medir la ciencia de forma ética? Quizá pueda implementar propuestas como evaluar la fuerza de un golpe en un saco que no se mueve o el tiempo de reacción ante una luz en una pantalla. Si tratamos de modalidades deportivizadas, quizá los resultados de un torneo deportivo con reglas y árbitros. Todo ello resulta verdaderamente inútil frente a los objetivos de la investigación.
Ninguna de estas mediciones, llamadas «proxies» (indicadores indirectos), tiene validez ecológica. Es decir, no se parecen en nada a la realidad. Ganar un torneo de puntos no significa capacidad para sobrevivir a un asalto en un ascensor frente a dos agresores armados. Medir la fuerza de un puñetazo en un laboratorio tampoco dice nada sobre la facultad de aplicar ese golpe bajo estrés extremo.
La autodefensa real es imposible de replicar con precisión en un laboratorio,
Dado que es imposible diseñar un Ensayo Controlado Aleatorizado sobre violencia real, deberíamos admitir que nunca tendremos una prueba científica concluyente sobre la efectividad para la autodefensa, a menos que llevemos la ética del método al terreno de lo inhumano. Incluso en ese caso tendríamos problemas para reclutar una muestra dispuesta a perder la vida en un estudio, acercándonos a experimentos distópicos tipo Universo 25, pero con humanos en vez de ratones.
Pese a todo lo expuesto, no tratamos de negar las virtudes de la investigación, sino de explicar por qué debemos reconsiderar sus resultados fuera del escenario deportivo. Un estudio bien diseñado puede decirnos cosas específicas, como que «un programa de ocho semanas de Tai Chi mejoró el equilibrio en un grupo de 25 ancianos», pero debemos descartar las conclusiones grandilocuentes sobre el fenómeno marcial en su totalidad.
Rechazar la validez de un paper con 20 participantes no es negar la ciencia, es negar el rigor de aplicar propuestas deportivas a nuestro ámbito. Es ver con claridad la debilidad del análisis y la escasa validez de sus resultados. Quizá, tras toda esta reflexión veamos más lógico dejar de intentar explicarlo todo en términos teóricos, de ver la práctica marcial como un deporte más y asumir que la experiencia marcial directa, mantenida en el tiempo y con rigor, es la que nos dará las respuestas sobre cómo esta vía nos transforma, nos engrandece y nos equilibra.

























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