Sin dudas sobre el bien y el mal.

"El sol no espera a que se le suplique para derramar su luz y calor. Imítalo y haz todo el bien que puedas sin esperar a que se te implore".


Epicteto de Frigia


A veces meditamos de forma sincera sobre el rumbo de nuestras vidas. Estas meditaciones crean semillas que se instalan en los rellanos de lo que llamamos destino, y lo hacen quizá para fijar el rumbo que indirectamente acabamos decidiendo.


Como compañera de ese viaje tenemos a nuestro lado a la duda. La duda revestida del sentido sobre el acierto de nuestra decisión, el acierto de nuestra ruta, el acierto del momento de fijarla o de lo que nos llevamos con nosotros por ese derrotero.


La duda se enquista en nuestro pensamiento e intenta robar el espacio a la determinación que nos llevó a dar ese primer paso. Todo forma parte de nuestra particular decisión. Como si de una balanza sutil se tratara, nuestra mente articula constante el equilibrio entre la decisión tomada y la duda que merma el peso de dicha decisión, quizá sin más motivo que llevarnos al desastre de la inactividad o la desidia.


¿Qué elementos dan fuerza a nuestras decisiones?, ¿qué puede hacer que el poder de la duda se disipe y no tengamos que consumir nuestra energía más profunda en ese interno y eterno debate lleno de angustia? La firmeza de un espíritu claro, de una naturaleza realmente definida nos ahorra el tormento de intentar aclarar por qué, cómo, cuándo, o dónde deberíamos cambiar algo.


Purificar nuestro corazón y nuestro pensamiento nos puede llevar al camino de la calma. A caminar descalzos pero felices por la ruta que hemos escogido de todas las infinitas combinaciones que podíamos elegir. No discutimos la causa de nuestra decisión, necesitamos confrontarla con nuestra naturaleza real, con la convicción de lo que somos y de cuál es nuestra misión como personas dentro de este marco.


Definir nuestra naturaleza resulta muy complejo, sobre todo con tanto ruido de fondo intentando insertarnos ideas que desvirtúan lo que realmente somos. Las máscaras que adoptamos se aparecen y tiran de arquetipos dormidos en nuestra esencia por generaciones. Lo ha