Anormalizados


«Tu cuerpo es templo de la naturaleza y del espíritu divino. Consérvalo sano; respétalo; estúdialo; concédele sus derechos»


HENRI-FRÉDÉRIC AMIEL


Resumen

En esta entrada revisaremos brevemente la tendencia que se está imponiendo de normalizar aspectos sociales potencialmente insalubres dentro de un marco colectivo desnaturalizado. Datos alarmantes que, lejos de normalizarse, deberían generar movimientos para contrarrestarlos, o para paliar los efectos adversos que algunas conductas tienen sobre la salud de las personas.


Introducción

Estamos en una época en la que cualquier información que moleste es disimulada, evitada o censurada. Lo no popular no vende y meterse con grupos de población cada vez mayores tiene un coste para las personas que lo denuncian, para las empresas que lo resaltan y para los políticos que defienden medidas que puedan cambiar la situación.


El primer paso para solucionar un problema es aceptar que este problema existe. En nuestro país, siguiendo la dinámica de muchos otros países occidentales, hay temas tabú que se están, no solo disimulando, se están definitivamente normalizando para que se pueda hablar de ellos sin crearle a nadie un trauma o estigmatizar a ningún grupo humano.


Y aquí está el macro problema que aglutina una tendencia descendente en nuestra calidad de vida, en nuestra esperanza de vida y en la esperanza de que evolucionemos como sociedad en vez de involucionar.


Estamos normalizando la obesidad para que las personas que sufren este problema no se sientan excluidas. Normalizamos la alimentación industrial bajo la premisa de que ahora todo el mundo puede comer gracias a esta industrialización de los alimentos. Hemos integrado como naturales las disfunciones hormonales que tienen que ver con un ambiente plagado de disruptores hormonales, en cosméticos, productos de limpieza, plásticos, alimentos procesados, plaguicidas, etc.


Muchos factores, pocos cambios

Este proceso de normalización para no molestar implica riesgos enormes para todos. Estamos aceptando como normal que los jóvenes fumen de forma masiva marihuana, que el botellón sea una expresión de libertad o que estar 5 horas al día en las redes sociales se corresponde con los tiempos que tocan. Que tengamos 6 millones de personas en paro no termina de preocupar, es una cifra más dentro de un enorme conjunto de cifras diseñadas para disimular, confundir y, en la mayoría de los casos, desinformar.


La contaminación y el cambio climático nos preocupa muchísimo, el cambio a coches eléctricos, la digitalización de la economía o la predominancia de los comercios digitales son el futuro que deja tras de sí un reguero de personas inadaptadas, negocios incompetentes y futuros desoladores por un enfoque profesional no ajustado a la velocidad de los cambios que estamos sufriendo. Esto también parece absurdamente normal.

Lo no popular no vende y meterse con grupos de población cada vez mayores tiene un coste.

Todo es normalidad en una sociedad normalizada, con un pensamiento único oficial, con una tendencia normal de contabilidad de fallecidos anuales que parece similar a la de los datos de evolución de los ingresos de unos pocos multimillonarios gracias a nuestra estupidez.


Origen y realidades

El problema de todo esto nace en nuestra base educativa, en nuestra cultura de la idiota comodidad que nos permite transitar la vida entre palomitas, películas de gente que vuela, videojuegos en los que somos los héroes de nuestra habitación y redes sociales con cientos de miles de amigos que no entienden qué significa esta palabra.


Cuando pido en la clase que se apaguen los móviles, algunas miradas muestran que acabo de cometer un sacrilegio retrógrado en el que nos atrincheramos los de una época menos evolucionada. Es lamentable, pero es así. No podemos criticar nada de esto porque eso nos convierte en analfabetos digitales, lerdos o personas que no entienden el progreso.


El progreso en estos términos normalizados es lamentable, apunta a una situación futura en el medio y largo plazo verdaderamente penosa para todo lo que, como sociedad, hemos podido construir hasta ahora. El formato de «lo útil» se agota y entramos en un nuevo formato de «lo dependiente»; una sociedad que depende de baratijas, de comida basura, mensajes grandilocuentes, una estúpida sensación de protagonismo y una realidad virtual que nos permita no ver frente a frente el embolado en el que nos estamos metiendo.


Algunos datos

Los datos no mienten. Cada 4 de marzo se celebra el Día Mundial de la Obesidad. Solemos generar días de alta conciencia sobre un problema concreto, para poder pasar al día siguiente preocupados por otro día de otro problema diferente, así navegamos el absurdo sin el más mínimo cargo de conciencia ni posibilidad reactiva.


Según el estudio ACTION-IO (Concienciación, Cuidado y Tratamiento en el Manejo de la Obesidad, una Observación Internacional) sólo el 59% de las personas con obesidad consideran que la obesidad es una enfermedad crónica. Si a esto le sumamos anuncios de bañadores, o cosméticos, en los que se normaliza esto como un motivo extraño de orgullo (algo que es difícil de aceptar con cualquier persona con un mínimo de inteligencia) la normalización no hace sino agravar más el problema.


Actuar

Plantear el problema significa atacar al núcleo de nuestra sociedad pervertida. Significa decir abiertamente que hay que dejar la silla o el sofá y ponerse en marcha. Que hay que dejar la comida basura y las bebidas azucaradas y empezar a consumir comida natural y agua como fuentes primarias de nuestra salud. Más del 61 % de los jóvenes en España consume todos los días comida procesada y hasta el 25 % dice no hacer deporte casi nunca o nunca. Esta cifra se eleva más de diez puntos porcentuales entre los jóvenes con sobrepeso u obesidad.


Abordar con responsabilidad este problema significa que hay que cambiar las pastillas por programas de entrenamiento y las redes sociales por momentos reales con círculos de amigos menos extensos (nadie puede tener 100.000 amigos, es absolutamente estúpido pensar esto cuando uno ha sentido la amistad en toda su profundidad, amplitud y responsabilidad).


Más del 33 % de nuestros jóvenes asocian el sobrepeso a la falta de ejercicio físico, casi el 30 % señala a la ansiedad como el motivo por el que comen constantemente entre horas y el 20 % lo atribuye a su alimentación. Unos pocos creen que las causas son genéticas (en torno al 7 %) o a la falta de descanso (5 %).

sólo el 59% de las personas con obesidad consideran que la obesidad es una enfermedad crónica

Y es que atacar este desbarajuste es denunciar que consumimos más de lo que gastamos. Que no descansamos de forma natural y que enfermamos por ello. La culpa y la exculpación parten del mismo binomio de explotación y consumo, un binomio que nos conduce directamente a la laguna de la masa adormecida que se encuentra tan a gusto en su letargo.


Estamos perdiendo y tenemos que hacer algo. Estamos deteriorando un legado genético, social, histórico y humano por nuestra falta de compromiso con el cambio ascendente, por mantener los valores que nos convierten en algo más que enganchados del sistema.


Gente que hace cola para comprarse un nuevo smartphone (que será viejo en 365 días) contrasta con las colas de racionamiento de una posguerra no tan lejana. ¿A qué esperamos para despertar? ¿Por qué se callan los que están ganando tanto con este desastre? La pregunta es claramente la respuesta.



Tenemos que romper la línea de progresión y aferrarnos a un modelo que nos fortalezca, nos haga más cultos e inteligentes, nos haga más humanos y empáticos de verdad. Tener sentido crítico para poder percibir con claridad la intención maliciosa de todos los mensajes que nos mandan los que viven de nosotros. Debemos dejar de ser el ganado y convertirnos en seres humanos plenos, responsables, saludables y felices, algo que no nos lo va a proporcionar esta tendencia en la que nos encontramos.

Estamos deteriorando un legado genético, social, histórico y humano por nuestra falta de compromiso

Tenemos que actuar, entrenar, trabajar con sentido, comer bien, descansar bien, empezar a sentir el cuerpo para comprender cuándo las cosas comienzan a salirse de madre y darle a la vida la importancia experiencial que tiene, algo que no se trata de sofás, likes, burbujas o estados alterados de conciencia.


Empezar a ver a nuestros semejantes como hermanos que sufren esta misma alienación que «los listos del siglo XXI» no paran de fomentar para su beneficio. Basta ya de enfermar, basta ya de seguirles el juego, basta ya de no hacer nada porque la nada es más cómoda que el todo.


Ahora o nunca

Ahora y siempre estamos en un momento en el que el cambio es posible. En el que podemos restringirnos el tiempo de bombardeo mediático y sentarnos a hablar con el vecino. Es el tiempo de salir a correr cada día un poco, sin esta locura del esfuerzo extremo fomentada por los mismos. La actividad vital no es extrema siempre, tiene su dinamismo habitual con puntas de descanso y puntas de máxima actividad, pero siempre fluctuando.



El deporte extremo no es la reacción equilibradora que buscamos, es una nueva forma de sentir porque hemos dejado de sentir lo inmediato, lo cercano, lo lento y continuo. Debemos recuperar la sensación de intensidad de lo real. Todo es intenso cuando nuestra mirada se profundiza lo suficiente, todo es alucinante cuando no perdemos la visión maravillada del simple milagro de despertar cada mañana y que millones de células actúen de forma coordinada para darnos esta sensación de vida.


Vivir

Apagar la tele, dejar el smartphone un rato, los videojuegos y las redes es un enorme paso que amplia nuestros años de vida real todo lo que la obesidad nos la reduce, en algunos casos hasta tres años de vida menos .


Dejar de normalizar el disparate es crear una trinchera ante la avalancha de imbecilidades alejadas de la naturaleza, alejadas de lo que es el ser humano biológico, cultural y social. Las ideas de unos anormales están convirtiendo el futuro en una anormalidad para lo humano.


La libertad es, ante todo, «responsabilidad» y estamos siendo más irresponsables que nunca. Quizá, esta aparente libertad no es más que otro velo añadido a la gran pantomima de un presente que necesita que todos nos transformemos en una dirección diferente.


Si esto les fastidia los planes a estos pocos beneficiados del desastre, quizá sea un precio aceptable que pagar para que nuestra sociedad no termine colapsando entre tanta estupidez normalizada.


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