top of page

El sentido de aprender algo sin sentido

  • hace 22 minutos
  • 7 min de lectura
Kung Fu en Málaga

Cualquier persona que conserve algún recuerdo de su adolescencia tendrá guardadas en la memoria algunas situaciones y reflexiones de su época en el instituto. Es una etapa del desarrollo en la que las pulsiones emergentes de un sistema hormonal y fisiológico, recién activado y a pleno rendimiento, entran en conflicto con un contexto de convivencia humana plagado de limitaciones. Estas obligan al adolescente a encauzar toda esa energía desbordante hacia procesos que poco o nada tienen que ver con aquello que lo estimula de forma natural.


No entraré en detalles sobre estas pulsiones principales y sus motivaciones, pero sí considero necesario establecer cierto posicionamiento para hacer inteligible lo que vamos a tratar en esta entrada más reflexiva de lo habitual. La tensión entre los intereses individuales y educativos alcanza, durante esta etapa de la vida, niveles que rozan lo insoportable. Es el periodo en el que todo debe tener una utilidad inmediata o correrá el riesgo de ser descartado como objeto u objetivo de atención. La tendencia propia de esta edad es la acción, aunque algunos jóvenes de hoy parezcan representar todo lo contrario.

La tensión entre los intereses individuales y educativos alcanza, durante esta etapa de la vida, niveles que rozan lo insoportable.

Lo que llamamos adolescencia es un momento para actuar, romper estereotipos mientras se siente con convicción que el mundo tiene una dirección cada vez más clara. También es el momento en el que percibimos que las circunstancias, la familia, la cultura y la sociedad se empeñan en impedirnos avanzar en esa dirección que nos resulta tan evidente. Este fenómeno, bastante difícil de cuestionar, constituye una de las claves insoslayables que explican las conductas habituales propias de la edad.


En mi experiencia como profesor durante los últimos treinta años, no dejo de observar cómo algunos de estos patrones persisten de manera implacable, por mucho que cambie la sociedad. Un claro ejemplo de ello es esta nueva estructura social artificialmente intelectual, en la que todo parece existir ya sin necesidad de que descubramos nada. Pese a ello, muchos jóvenes siguen haciendo las mismas preguntas de siempre y pretendiendo romper moldes ya probados.


Sin entrar tampoco a valorar esta visión, de momento limitada, creo firmemente que esta actitud es la adecuada para ese momento y natural durante ese periodo del desarrollo individual. Las cosas deben ponerse en entredicho, pues de ahí surge la energía necesaria para la transformación y el desarrollo.


En mi época, uno de los temas recurrentes de esta rebeldía argumental frente a lo educativo era el estudio del latín, una materia de cuya inutilidad estaba absolutamente convencido a título personal. No entendía el sentido ni la utilidad de estudiar una lengua ya extinta, sin imaginar siquiera todo lo que había detrás de ella. También es cierto que nadie hizo el más mínimo intento de establecer un marco de relaciones adecuado que, posiblemente, habría quebrado aquel planteamiento y me habría abierto, al menos a mí, las puertas a concepciones más amplias, con respuestas más coherentes que activaran mi motivación para asumir el esfuerzo de estudiar la lengua del imperio.


Kung Fu en Málaga

Lo cierto es que esta dinámica vuelve a repetirse hoy, unas veces con más acierto que otras, pero siempre sobre la base de ese «¿para qué voy a estudiar esto si no me sirve para nada?».


Esta semana me topé de nuevo con este fenómeno relacionado con la utilidad de lo que se aprende en el instituto. Unos alumnos aludían a lo absurdo que les parecía estudiar algo como la «sintaxis».


Hasta cierto punto, esto no debería extrañarnos en el mundo de los emoticonos, los tuits, el six seven, los memes, el reguetón y las figuras emblemáticas del deterioro cognitivo, como el tan citado Bad Bunny y otros similares. También resulta comprensible cuando no existe un contrapeso mediático ni educativo eficaz que devuelva su fuerza al sentido común y resitúe el concepto de tolerancia más allá de la hipertrofia enfermiza de significado que padece actualmente.


Hemos tolerado el absurdo, lo simple y lo incoherente como si eso no tuviese consecuencias directas sobre la percepción de quienes mantienen una relación más estrecha con el subproducto de dicho déficit. Por este motivo, que los jóvenes no perciban la enorme importancia de algo relacionado, precisamente, con los brutales avances tecnológicos que estamos viviendo, no es culpa suya, ni tiene que ver únicamente con las influencias de las cloacas de la información en las que se han convertido muchos espacios de la red. Responde a un fallo garrafal en la manera de mostrarles la importancia de las cosas antes de introducírselas a golpe de martillo y cincel, sobre todo cuando lo hacemos en unos cerebros ya predispuestos a ponerlo todo en tela de juicio, excepto lo cómodo.

los jóvenes no perciben la enorme importancia de algo relacionado, precisamente, con los brutales avances tecnológicos que estamos viviendo,

Si en mi época, cuando me atraían los temas militares, la lucha, el combate o la guerra, como les ocurría a muchos otros adolescentes de nuestra generación, mi profesor de latín me hubiese dicho que íbamos a abordar un proyecto de traducción de un tratado militar romano del siglo I, en el que se hablaba de cómo se entrenaban los soldados y cómo se interpretaba ese entrenamiento en el contexto de los gladiadores y de los ludi, mi interés por el latín habría alcanzado, casi con seguridad, una intensidad enfermiza. Creo, con poco margen de error, que habría pasado a ocupar un primer plano en mi jerarquía de atención y prioridades por razones más que evidentes.


Ludus romano

Algo semejante a todo esto ocurre con la sintaxis. Si observamos en profundidad las estructuras subyacentes en las artes marciales, veremos similitudes con la estructura sintáctica que lo impregnan todo. Una técnica, una combinación o una forma (taolu) constituyen sistemas de elementos organizados en el tiempo y en el espacio. Al igual que ocurre en la lengua, su eficacia depende de la relación entre esos elementos, del orden en el que aparecen y de la jerarquía que mantienen entre sí.


Las palabras no poseen todas el mismo peso. Se agrupan en constituyentes dentro de otros constituyentes. Cada estructura cuenta con un núcleo y con elementos subordinados que lo modifican, completan o determinan. En un encadenamiento combativo sucede algo parecido. Puede existir un movimiento principal, como un golpe decisivo o una defensa imprescindible, acompañado por acciones subordinadas como una finta, un paso de aproximación, un cambio de ángulo o un ajuste corporal. Estas acciones secundarias cumplen las funciones de preparar, proteger o potenciar el movimiento principal.


La sintaxis también establece relaciones obligatorias entre los componentes de una oración. Las palabras deben concordar y responder a determinadas reglas de dependencia y compatibilidad. Si decimos «Los perros», el verbo obligatoriamente tendrá que relacionarse en plural: «corren», no «corre». En cualquier caso, podemos ver con claridad que la construcción impone una relación que no puede ignorarse sin romper la coherencia fundamental del lenguaje.

Si decimos «Los perros», el verbo obligatoriamente tendrá que relacionarse en plural: «corren», no «corre».

En combate sucede algo similar. Si un oponente lanza un golpe descendente con gran peso, nuestra respuesta queda condicionada por la naturaleza de esa acción. Podremos esquivar, bloquear, desviar o contraatacar, pero cualquiera de esas respuestas deberá mantener una relación coherente con la amenaza a la que se enfrenta. De esta forma, podemos afirmar que la acción del adversario determinará, en cierto sentido, la sintaxis final de nuestra reacción.


Mi intención al explicar todo esto no es establecer una reinterpretación de la sintaxis desde la visión de la práctica marcial, sería absurdo, ni mucho menos concebirla como un recurso para que el alumno la comprenda o la estudie. Mi propósito consiste en señalar la importancia de mostrar a nuestros alumnos más jóvenes las estructuras subyacentes de la comprensión humana y la necesidad de cultivar un modelo de pensamiento en el que el orden, la relación y la jerarquía orienten la interpretación de una narrativa formada por hechos que no podemos comprender de manera aislada. Creo que podremos transmitirles esto de una forma potencialmente indiscutible si somos capaces de darles analogías bien elaboradas.


Kung Fu en Málaga

Insisto en la importancia indirecta de asentar formas de pensar que permitan organizar el conocimiento, ordenar la información y comprender las relaciones que se establecen entre ambos. Si queremos que nuestros jóvenes entiendan mejor lo que hacen y avancen en su aprendizaje, debemos ayudarles a percibir esa estructura, porque de ella puede surgir una motivación más sólida para asumir el esfuerzo. También considero necesario conferir a la materia una utilidad que trascienda su aplicación inmediata, de manera que el alumno la interprete como una forma de gimnasia conceptual y cognitiva, incluso cuando todavía no sea capaz de reconocer con claridad las situaciones en las que podrá recurrir a ella.

Debemos ayudarles a percibir esa estructura, porque de ella puede surgir una motivación más sólida para asumir el esfuerzo.

Si repensamos algunos aspectos de la educación en general y de la formación marcial en particular, entenderemos la importancia de trabajar las estructuras subyacentes mediante ejercicios estáticos, repetir patrones de movimiento durante los calentamientos o ejecutar una forma siempre en el mismo orden, sin romper su dinámica de acción. Todo ello contribuirá a sentar unas bases de sentido común que están siendo quebradas por una sociedad que navega por la superficie de un mar de complejidad, habitualmente orquestada por personas que operan a otras alturas o profundidades.


Las artes marciales tradicionales también participan de esta lógica. Sus técnicas, formas y ejercicios se llenan de sentido cuando comprendemos las relaciones que los articulan y el orden que sostiene su transmisión. Para aprenderlas de verdad debemos mirar más allá de la superficie, reconocer por qué cada elemento ocupa un lugar determinado y descubrir la coherencia que une unas partes con otras. Como estudiantes debemos aprender a percibir las estructuras que organizan lo que hacemos, pensamos y transmitimos, incluso antes de que seamos capaces de interpretar correctamente su significado, es decir, aprender a descifrar su sintaxis.


La marcialidad se cuece siempre en un caldero de incertidumbre y peligros que no sabemos cuándo, cómo y por qué ocurrirán. Quizá, ponerles frente a ese riesgo potencial y desconcertante, con preguntas que quiebren la debilidad de algunos argumentos de lo inmediato, los lleve a percibir, o intuir, la importancia de prepararse para algo que todavía desconocen por completo.


También debemos explicarles la necesidad de cultivar la paciencia, la humildad y la confianza en quienes intentan orientar sus pasos. Como docentes marciales, nuestro principal objetivo consiste en proporcionarles la mayor autonomía posible para afrontar las condiciones adversas que pueda depararles la vida. Esa autonomía difícilmente llegará mientras continúen valorando el esfuerzo únicamente por su utilidad inmediata y recurran a ella como único argumento para aceptar aquello que contradice su tendencia natural a evitarlo.

Comentarios


Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square
bottom of page