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Los tres pilares de la autoconfianza

  • hace 1 día
  • 3 min de lectura

Creo que las artes marciales no nos llamarían tanto la atención si no hubiese algún tipo de resonancia arcaica en nuestra mente que nos hiciese mirar con interés en la dirección de la lucha y el combate por la supervivencia.


Biológicamente no estamos tan lejos de un pasado plagado de depredadores. Un pasado agresivo y peligroso en el que una simple fractura de un hueso o una falta de audición podían ser una casi segura condena a muerte. Quizá por ello, pese a nuestros enormes avances como sociedad, nuestro cerebro sigue demandándonos que seamos capaces de mantener el tipo, aunque actualmente no parezca del todo imprescindible para poder seguir viviendo.

Nuestro cerebro sigue demandándonos que seamos capaces de mantener el tipo

Pese a estos avisos subconscientes, la cruda realidad es que una gran mayoría hace caso omiso de esa percepción y termina haciendo lo que hacemos con casi todo: anestesiar las alarmas que más nos molestan. En este caso, no con pastillas, sino con información prefabricada que distorsione la realidad. Nos anestesiamos construyendo una imagen idealizada de esta sociedad de la tolerancia, la cooperación, la felicidad y el bienestar, donde el riesgo de la violencia parece haber quedado desplazado a las pantallas. Los peligros viven ahora en las múltiples plataformas que nos mantienen adormecidos en «el sofá», ese espacio polivalente donde se nos permite imaginar una épica heroica diferida, sin malos olores, sin esfuerzos ni sufrimiento y sin injusticias, pero indiscutiblemente motivadora.


Toda esta ilusión resulta verdaderamente lamentable porque la vida pasa y siguen existiendo peligros directos como los que aparecen en la cabecera de esta entrada. Se trata de una realidad en la que, por mucho que nos pese, hay una mayoría que se dedicará a mirar o grabar sin intervenir cuando más ayuda necesitemos. Una realidad que, por desgracia, nos augura un futuro solitario en los peores contextos. Pese a ello, seguimos posponiendo la preparación fundamental que toda persona se debe a sí misma para tener verdaderamente a alguien en quien confiar cuando estemos frente a este tipo de situaciones.

«el sofá», ese espacio polivalente donde se nos permite imaginar una épica heroica diferida

La preparación ha sido siempre una obligación personal que muestra de forma anticipada, entre muchas otras cosas, cuáles son los límites que definen aquello de nosotros en lo que verdaderamente podemos confiar. La práctica marcial es en este sentido una vía de preparación integral que define y desarrolla esos elementos de confianza. En nuestra vía sustentamos esta confianza en tres elementos que cualquiera puede comprender con facilidad.


En primer lugar tenemos «las capacidades físicas». Necesitamos ser conscientes de que nuestro cuerpo puede hacer esas cosas necesarias para seguir vivos y operativos, de que podemos correr si hace falta, saltar lo necesario para evitar un accidente o mantener el equilibrio cuando un simple empujón involuntario puede convertirse en la línea que separe un susto de una caída con graves consecuencias.


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En segundo lugar, también difícil de contrargumentar, están «las habilidades funcionales». Si no sabemos cómo luchar, cómo correr o cómo salvar un obstáculo estamos perdidos cuando nos encontramos frente a un oponente dispuesto a pasar por encima de nosotros para lograr su objetivo, sea el que sea. En nuestro contexto significa tener habilidades combativas plenas y funcionales que aumenten nuestras posibilidades de supervivencia. Necesitamos saber defendernos, esquivar, golpear, proyectar o inmovilizar a un virtual agresor. También debemos saber escapar sin daños cuando el reto supere nuestras capacidades y el contexto lo permita.


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En tercer lugar estaría la plena convicción de estar actuando conforme a lo que es correcto. Necesitamos disponer de una serie de valores firmes que orienten nuestra conducta sin paralizar nuestra voluntad de actuar cuando resulte necesario. No podemos plantearnos si está bien o no golpear con contundencia a alguien que intenta matarnos.


Ninguno de estos tres elementos fluye por separado. La verdadera confianza en uno mismo tiene que ver con un buen desarrollo de cada uno de ellos y con la capacidad de mantenerlos bien alineados y entrenados. Todos deben avanzar hacia los mayores límites que seamos capaces de alcanzar y exigirnos un compromiso constante con empujar hacia fuera la línea de nuestra comodidad interior.


No podemos dejar de lado esta responsabilidad frente a nuestra necesidad de supervivencia y confianza. Las artes marciales nos proponen entrenar para mantenernos capaces, saludables y con una clara visión de la justicia y lo que esta demanda según cada situación. Necesitamos mejorar nuestros conocimientos, habilidades y confiar en que podemos hacer aquello que debemos, sin sabotearnos a nosotros mismos por culpa de un espíritu mal cultivado en los campos del victimismo, la culpa, el complejo, la confusión y la cobardía.

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