La fatiga en el entrenamiento del Hung Gar
- 24 jun
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La fatiga suele formar parte habitual y necesaria de cualquier programa de entrenamiento que aspire a cierto grado de progresión y mejora del rendimiento. Sin cansancio, difícilmente conseguiremos aumentar nuestra resistencia física ante situaciones que podrían exigirnos dar el todo por el todo.
Comprender la función de la fatiga durante el entrenamiento resulta necesario para no convertirla en el objetivo implícito de toda práctica ni reducirla a un factor exclusivamente ligado a la resistencia física que cualquier artista marcial debería poseer. Más importante aún es profundizar en las razones por las que necesitamos esta capacidad cuando muchos estilos, como ocurre con el Hung Gar, están organizados alrededor de secuencias breves de dos o tres acciones que aspiran a ser verdaderamente fulminantes y resolutivas, en lugar de prolongar el intercambio.
En realidad, abordar esta cuestión nos exige comprender la propia naturaleza del estilo y la forma en que se articula en términos estratégicos. Nuestro sistema no es un deporte de combate sujeto a tiempos reglados ni a restricciones sobre las acciones permitidas. Tampoco fue diseñado originalmente para el control y la detención de sujetos, como ocurre con otros métodos desarrollados en ámbitos exclusivamente policiales. Lo que conocemos acerca de su génesis y desarrollo apunta en una dirección muy diferente.
Nuestro sistema no es un deporte de combate sujeto a tiempos reglados ni a restricciones sobre las acciones permitidas.
Es un estilo que busca la finalización inmediata del peligro. Las acciones intermedias de sus secuencias preparan la neutralización de la amenaza mediante recursos que poseen, en muchos casos, un potencial letal. Esto puede resultar difícil de asumir en los tiempos que corren, pero una cosa es estar entrenado y otra muy distinta aplicar estos principios a cualquiera que nos pise un pie por la calle.

Las artes marciales buscan dotar al practicante de un potencial de acción combativa que le permita superar situaciones de amenaza contra su vida o la de los suyos. Son métodos preparacionistas para la supervivencia en la lucha cuando no queda otra alternativa. En esas circunstancias no vale intercambiar acciones de lucha durante un tiempo indefinido ni reducir cuidadosamente al otro para detenerlo. Y esto es así porque, aunque las condiciones sociales hayan cambiado, la época en la que se gestaron estos sistemas se caracterizaba por un menosprecio real hacia la vida humana en muchos ámbitos, desde la política gubernamental hasta las mafias y otras formas de poder organizado que actuaban en espacios de clandestinidad, dentro del denominado jiānghú (江湖), el mundo de los «ríos y lagos».
Por tanto, parece lógico preguntarse ¿por qué dedicar una parte del entrenamiento marcial a desarrollar una resistencia que, en principio, podría parecer innecesaria para ejecutar acciones directas y breves?
Para responder a esta cuestión debemos tener claras las características del modelo de acción marcial de un estilo como el nuestro, pero también recordar que los contextos de la vida no adoptan la forma de duelos organizados. Podemos encontrarnos en situaciones en las que tengamos que correr antes de luchar, mover obstáculos para escapar o levantarnos después de una caída. También puede ocurrir que varias personas intenten sujetarnos para que otra realice su fúnebre trabajo. Existen demasiadas circunstancias posibles como para pasar por alto la necesidad de ser fuertes y resistentes.
la época en la que se gestaron estos sistemas se caracterizaba por un menosprecio real hacia la vida humana en muchos ámbitos
La introducción progresiva de intensidad hasta alcanzar niveles elevados de fatiga cumple además otra finalidad. Buscamos que el escenario reproducido en el laboratorio de la clase incorpore condiciones más próximas a la realidad. Poner a prueba las acciones marciales bajo cierto nivel de fatiga nos sitúa más cerca de un contexto definido por el pulso acelerado, las dificultades respiratorias y los problemas neuromotores derivados del estrés.

Bajo fatiga no percibimos igual, no tomamos las decisiones del mismo modo y nuestro cuerpo tampoco responde como lo hace en un entorno de calma, calentamiento adecuado y condiciones controladas. Cuando empieza a faltarnos el aire, nos aproximamos a la realidad fisiológica de estos escenarios y necesitamos que nuestras acciones breves y resolutivas puedan ejecutarse dentro de un entorno plagado de impedimentos. Debemos reproducir la oposición del adversario y también las dificultades consustanciales a la propia situación para poder desarrollar una buena adaptabilidad operativa.
La fatiga controlada, programada e integrada en una periodización adecuada cumplirá así una doble función: desarrollar la resistencia necesaria para afrontar un esfuerzo imprevisto y comprobar si nuestra percepción, nuestras decisiones y nuestras acciones técnicas continúan siendo operativas cuando comienzan a disminuir los recursos físicos.
Entendida de esta manera, la fatiga nos ayudará a ampliar ese potencial de supervivencia combativa que prometen los sistemas tradicionales, sin convertir el cansancio en una forma de valorar o medir la productividad y calidad del entrenamiento.




















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