Hermanos mayores y menores



En el aula o sala de entrenamiento, podemos percibir a los integrantes del entrenamiento como un grupo. El rendimiento de cualquier grupo de entrenamiento depende en cierta medida de la cohesión que exista entre sus integrantes.


Cuando hablamos de un equipo deportivo, los factores que facilitan esta cohesión parecen estar muy claros, es decir, está vinculada a los objetivos deportivos que todos comparten y que definirán, en gran medida, la forma de abordar las tareas y la aceptación colectiva de estas para su consecución.


Por otro lado, en el ámbito de las escuelas de artes marciales, esta definición y cohesión grupal dependen en muchos aspectos de la labor de liderazgo del entrenador, en nuestro caso profesor. Otra serie de factores influyen también en cómo se perciben los miembros del grupo a sí mismos en el magma del conjunto, cómo perciben a los compañeros y cómo sienten esa identidad colectiva formada por la unión de todos los participantes con una aparente serie de objetivos comunes, pero con cualidades, capacidades y niveles diferentes.


Si analizamos la firmeza de los diferentes ejes de estabilidad del agrupamiento, podemos concluir que tanto el arte practicado, como el docente, maestro o entrenador, en cualquiera de las dimensiones superpuestas de estos perfiles o roles, tienen un peso enorme en todas estas percepciones individuales y colectivas.

Muchos alumnos asumen determinados rasgos de liderazgo natural que pueden, o aparentan, ser incompatibles con un modelo de práctica grupal más cooperativo.

En el caso de la formación infantil todo este tema cobra mayor relevancia. El alumnado infantil no solo es más sensible a las diferentes dinámicas de grupo establecidas en las sesiones de entrenamiento, también es más participativo en crearlas y sufre con mucha más intensidad cualquier obstáculo o desviación que ocurra en el terreno de lo social o de lo dependiente del grupo. Estos obstáculos o desviaciones pueden tener muchos responsables directos o indirectos dentro del ecosistema del grupo, pero una de las causas más fáciles de detectar es la falta de definición de los roles de nivel que cada uno representa dentro del conjunto.



Observamos parte de este fenómeno en el modelo de «sacrificio de tiempo» que algunos alumnos se ven obligados a realizar cuando comparten ejercicios de pareja con alumnos menos capacitados o con menor experiencia que ellos. Aparecen elementos de frustración, de sensación de pérdida de tiempo, de impaciencia por cambiar cuanto antes de pareja. Todas estas son reacciones lógicas que debemos abordar de inmediato para garantizar la cohesión del conjunto y la buena educación marcial de cada uno de los implicados en la sesión.


Muchos alumnos asumen determinados rasgos de liderazgo natural que pueden, o aparentan, ser incompatibles con un modelo de práctica grupal más cooperativo. Antes de etiquetar a estos alumnos de egoístas o de poco empáticos, es preciso que entendamos cómo se forma este proceso y cuál es su naturaleza, para poder establecer desde ese conocimiento las estrategias que permitan regular definitivamente la homeostasis del conjunto, sobre todo en términos de conflicto social y armonía para la implementación de los valores cooperativos que pretendemos.


Lejos de interpretar las jerarquías como algo negativo, en nuestro ámbito, son unas estructuras imprescindibles. La naturaleza del ser humano es intrínsecamente jerárquica. Aparece en todas las culturas humanas desde tiempos inmemoriales y responde a un reflejo germinal de la utilidad organizacional de las familias para su supervivencia, relación en la que los adultos asumen la responsabilidad de enseñar y criar a sus hijos en el marco de una relación de asimetría natural.


A veces, estas jerarquías se establecen desde parámetros de auto valoración equivocados o injustos, sobre todo en estos tiempos en los que todos parecemos valer para todo y se penaliza la excelencia en pro de una igualdad reductiva que no moleste a la gente menos capacitada. Por este motivo, el sistema docente marcial de grados debe tener una estructura inequívoca de valores, de contenidos, de objetivos y de exigencias que todos y cada uno de los alumnos aceptan, comprenden y fomentan.


Es preciso hacer ver a este alumnado la importancia interactiva de la relación con sus compañeros, independientemente de la escala de grado en la que cada uno de ellos se encuentre.

Muchos alumnos asumen determinados rasgos de liderazgo natural que pueden, o aparentan, ser incompatibles con un modelo de práctica grupal más cooperativo.

Para el más avanzado, es preciso que comprenda la importancia de su aporte al conjunto por medio de una comunicación clara, precisa y que favorezca la empatía hacia el compañero sin que este se sienta en inferioridad. No podemos confundir esto con un intento artificial de igualar al grupo para que unos y otros se sientan siempre bien. Se trata de explicar correctamente la función de aporte que le supone al alumno que asume una posición jerárquica superior de antemano el trabajar con un compañero que no está en su nivel. También de explicar al alumno de menor nivel el valor que tiene para él que un alumno más avanzado le ayude a mejorar en su práctica. Todo esto fomentará el respeto, la admiración y la amistad, valores que son ejes fundamentales de la aportación de las artes marciales a nuestra sociedad actual.


El rol de autoridad del profesor es una de las claves que permite jerarquizar esta situación y establecer las reglas que todos pueden aceptar desde la comprensión de su utilidad y no por una imposición que no tenga en cuenta estas sensibilidades.


Los grados de nivel obtenidos por los años de experiencia, así como por la superación de los correspondientes exámenes de grado, son una herramienta fundamental para que esta jerarquía se establezca de forma natural, con aceptación y con una reconducción positiva del propio concepto de competitividad hacia uno mismo.

La naturaleza del ser humano es intrínsecamente jerárquica.

Este concepto, que suele verse de formas tan distorsionada en otros ámbitos de la docencia infantil, es una de las claves que pueden solucionar muchos problemas de cohesión del grupo. Y lo hace definiendo con claridad la autoridad de referencia del grupo, el rol de cada uno de los integrantes sin etiquetas y de forma muy natural, aclarando las reglas de progresión del arte y el resultado de su aplicación en los grados y niveles de experiencia.


Con esta claridad, es mucho más fácil que no surja un sentimiento de competitividad escalar en el grupo, de envidia o de resentimiento entre sus integrantes; que se establezcan los parámetros saludables de autoexigencia con una robusta y necesaria competitividad interior hacia el potencial personal, el fomento del sentimiento de gratitud y, a la vez, explorando las consecuencias de asumir responsabilidades sobre terceros, algo que tarde o temprano tenemos todos que asumir en nuestro proceso de maduración personal.


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