La homologación de lo mediocre

Nos enfrentamos a una claudicación, yo diría que ontológica, en la valoración del arte contemporáneo. No creo que sea algo fortuito, o mejor dicho, desafortunado, sino que lo veo como un fenómeno impulsado por una clase intelectual que ha sustituido el juicio crítico coherente de un pasado mejor por una extraña forma de cobardía técnica sistemática.
Nos encontramos en un escenario de decadencia generalizada en el que la subjetividad ya no opera como una herramienta ocasional de apertura hermenéutica, sino como un continuo blindaje estratégico con apariencia de haber sido diseñado para proteger la incompetencia. Es evidente una renuncia a los parámetros técnicos objetivos de valoración de la calidad artística, algo que conlleva que el arte quede despojado, de un plumazo, de su función trascendente para convertirse en un mero producto de consumo indiscriminado. Un nuevo marco de exposición en el que la relevancia se fabrica mediante la ostentación mediática y no mediante la maestría que se suponía representativa de las disciplinas. No podremos evitar que la cultura termine por disolverse en una marea de irrelevancia auspiciada por el mercado, si no somos capaces de mantener intactos unos mínimos estándares de calidad técnica como exigencia a la obra.
un continuo blindaje estratégico con apariencia de haber sido diseñado para proteger la incompetencia
La calidad técnica es el sustrato material que valida cualquier pretensión de valor y de ahí la importancia de lo que he planteado antes. Podemos contrastar la deriva actual bajo el paradigma implacable de la praxis observando dos polos argumentales. Por lado tenemos la percepción moderna de lo catalogado como «Variedad artística», una falacia que utiliza la diversidad como excusa para la laxitud en el esfuerzo por adquirir habilidades. Bajo este pretexto, podemos ver claramente como la mediocridad se institucionaliza, permitiendo que la falta de destreza sea validada como una «opción factible» dentro del espectro de la tan ansiada, y maletentendida, «pluralidad».
Unos argumentos que se derrumban frente al estándar irrenunciable donde cada elemento de la obra debe cumplir su función primordial con precisión absoluta. Una forma de medir la calidad de lo artístico en base a la capacidad de ejecución y la plenitud del propósito del artista, sin ningún tipo de concesión a la ambigüedad por parte del diletante.
La carencia de criterios claros despoja al arte de su verdadero y universal propósito transformador multidireccional. Instalados en el «todo vale», olvidamos que la premisa de esta máxima desemboca en un «nada tiene valor real». Esta ausencia de rigor convierte así cualquier creación en un residuo inerte; sin excelencia, la obra no desafía nada, tan solo ocupa espacio y atención efímera. Creo que para restaurar el sentido de la creación artística, el ecosistema del arte debería inspirarse en sistemas donde la realidad no permite el engaño, es decir: en las artes marciales.
Instalados en el «todo vale», olvidamos que la premisa de esta máxima desemboca en un «nada tiene valor real»
Las artes marciales tradicionales no deportivas constituyen el contrapunto perfecto a la mediocridad estética porque operan bajo un compromiso innegociable con la realidad física. En el ámbito del combate, la técnica es una herramienta de control y supervivencia que debe validarse bajo la presión del adversario. Mientras que en el arte contemporáneo la falta de habilidad o dominio pueden camuflarse tras la «visión personal», en nuestros sistemas la incompetencia se encuentra de frente siempre con un veredicto inmediato y violento.

En la praxis marcial, cualquier signo de mediocridad no generará nunca un debate sobre si es aceptable o no, directamente genera una derrota que puede estar repleta de daños, sufrimientos o algo peor. Este compromiso con la efectividad real es el forjador del carácter y el único garante del profesionalismo al que apuntaban los maestros que nos legaron el arte que practicamos. Mientras que en el arte la «víctima» de la mediocridad es la cultura misma, que se empobrece y se vuelve insustancial, en la lucha el practicante expone su propia integridad como anticipo de su validación. Y es innegable que el contraste es sangrante.
Este compromiso con la efectividad real es el forjador del carácter
La crítica de arte actual ha convertido la subjetividad en el refugio perfecto para la falta de competencia. Además, para incrementar el desastre, se ha orquestado una narrativa de lo «culto» como intermediario de lo real, refrendando siempre la imposibilidad de interpretar correctamente lo que se ve cuando el nivel interpretativo es bajo. Esto equivale a invertir la carga de la prueba competencial dirigiéndola hacia el observador que ve con claridad la mala calidad de lo que se les ofrece a sus ojos. En estos casos, cualquier señalamiento sobre la deficiencia técnica es etiquetado de inmediato como una agresión, utilizando para ello el gusto personal como un «escudo ontológico» que legitima una ejecución claramente incompetente.
Creo que esta tendencia no es accidental y forma parte de esa enorme batería de medidas estratégicas para blindar a quienes no pueden competir en el terreno de la maestría, permitiendo la proliferación de obras que violan los principios fundamentales de sus propias disciplinas. Una forma de buenismo que intenta equiparar a todo el mundo en un magma de igualdad mal entendida, en la que el clavo que sobresale, no solo debe ser amartillado, también hundido para que el resto no se resienta.
Toda esta degradación se articula a través de una jerarquía de deterioro que incluye múltiples elementos característicos. En primer lugar tendríamos a la tolerancia, que sería el primer estadio de la decadencia, donde se acepta lo deficiente bajo el falso estandarte de la pluralidad. Un segundo estrato estaría en el argumento de la subjetividad de valoración: La elevación del capricho personal a la categoría de criterio único, invalidando cualquier análisis técnico. Y, en la fase final y más corrosiva, encontraríamos la homologación de lo mediocre, un proceso en el que la mediocridad se institucionaliza y se equipara formalmente a la excelencia.

Esta homologación, desde cualquier visión justa, es un fraude intelectual, que vacía de contenido el concepto de maestría al situar al mismo nivel el dominio técnico y la negligencia. La mediocridad deja de ser una etapa inicial del aprendizaje para convertirse en un destino aceptado, planteando el peligroso espejismo de que la identidad o la pertenencia a un grupo pueden actuar como sustitutos válidos de la destreza. Un planteamiento catastrófico uniformemente acelerado para gusto y placer de los impacientes, que ven que, gracias a estos nuevos estándares, en poco tiempo pueden hacer algo irrelevante y torpe, sin que nadie se escandalice por su falta de competencia.
La mediocridad deja de ser una etapa inicial del aprendizaje para convertirse en un destino aceptado
Y esta crisis de calidad alcanza su cenit en la subordinación de la técnica a la identidad. Se ha impuesto la idea de que la representatividad de colectivos o la exposición de valores culturales de minorías, antes invisibles, justifica cualquier deterioro en la expresión artística. Bajo este prisma, la obra va dejando de ser un fin en sí misma para convertirse en un vehículo de propaganda o visibilidad, degradando tanto al arte como al colectivo que pretende honrar. Es, en última instancia, un insulto a la comunidad representada puesto que se asume que para ellos no es necesaria ni posible cualquier forma de excelencia.
El análisis de ciertos fenómenos en la industria musical contemporánea revela con claridad esta distorsión sistemática. Por ello, creo que es imperativo entender que la «primera representatividad» debe ser siempre la del arte que se expresa. En la música, el respeto debe ser hacia el sonido y la estructura; en la pintura, hacia la forma y el color. Subordinar la técnica a valores culturales de fondo solo produce caricaturas vacías, convirtiendo el arte en un mero escaparate ideológico desprovisto de toda sustancia técnica y de posibilidades de evolución natural.
Creo que la supervivencia de la expresión humana en su máxima capacidad exige una restauración inmediata de la objetividad técnica. Debemos abandonar la complacencia y recuperar un estándar de exigencia similar al marcial, donde la efectividad sea el criterio de demarcación que delimita los territorios de lo aceptable. Solo mediante el rechazo frontal a la homologación de lo mediocre podremos rescatar al arte de su actual estado de irrelevancia.
Para esta restauración, establecemos los siguientes principios de rigor que aplicamos en nuestra práctica tradicional:
Erradicación de la homologación: Debe denunciarse como fraude intelectual cualquier intento de equiparar la incompetencia técnica con una categoría factible de representación artística.
Soberanía de la disciplina sobre el mensaje: La fidelidad a los principios técnicos de cualquier disciplina debe ser prioritaria frente a cualquier intención ideológica o identitaria.
Compromiso con la consecuencia: Es necesario recuperar un sistema de valoración que penalice la mediocridad, restaurando la brecha natural entre el maestro y el diletante para incentivar la excelencia real.
Recuperar el estándar técnico es una necesidad para la defensa de la integridad cultural. Sin efectividad, sin rigor y sin la búsqueda incansable de la maestría, el arte estará renunciado de forma tácita a su propósito y terminará perdiendo, definitivamente, cualquier derecho a la trascendencia.
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